Nada que celebrar, todavía

Esta columna que se sostiene para otear en cada amanecida lo que sucede por el mundo, especialmente entre sus habitantes, ha experimentado un estremecimiento en el día de hoy, ya que comienza tan señalada semana, por celebrarse el “Doce de Octubre”.  Aunque tiene vocación universal, no se despega del terreno que pisan los aldeanos con sus naturales afanes, pero es “gachupa”, inevitablemente, y adolece de los defectos y bondades propias de tal condición.

Una de esas condiciones es la de sentir las cosas que suceden en México como si le sucedieran a su más entrañable allegado. Y, precisamente por este motivo, le ha sobrevenido el estremecimiento. Ha sido al leer en esta edición digital de Presente –diario el Sureste-, el artículo titulado “Nada que celebrar en DÍA DE LA RAZA”.  Hace referencia a que el cuarenta por ciento de la población en el estado de Tabasco –los olvidados indígenas-, carece de servicios básicos, tales como “agua entubada, ni drenaje; el sistema escolar llega hasta secundaria y los proyectos productivos se quedan en el olvido”.

El titular, de por sí, seria recopilatorio de miles de publicaciones que aportan conocimientos acerca de tal Día. Quienes tengan interés por lo que fue el descubrimiento del Nuevo Continente –Alba de América-, disponen de argumentos sobrados para estar a su favor, o en contra.  De cualquier modo no es tema para una columna que quiere ser de interés general.  Sólo, ha de permitirse mencionar que no existe en los Estados Unidos de América una raza anglo-indígena, ni en la India de Ghandi su equivalente anglo-indio.  Los genocidios, sin ánimo de polémica, se dieron entre los mohicanos, sioux, apaches y arapahoes.  

Con sus luces y sombras, la presencia hispana en América, llámese Hispanoamérica, Latinoamérica, o Iberoamérica, supuso la incorporación de estas tierras y sus habitantes, al mundo llamado occidental –primero con cultura renacentista, y luego con la del siglo de “las luces”, hasta llegar a la independencia con carta de naturaleza de numerosos nuevos países-.  Pero está claro que esta última, no afectó a todos por igual, y algunos no alcanzaron la carta de ciudadanía que les correspondía.  Es evidente que no a todos han llegado las “ventajas” del nuevo modo de vivir.  Claro que “en todas partes cuecen habas, y donde no, a calderadas”, como se dice en Aragón, que tan poco tuvo que ver con los virreinatos surgidos a raíz del Descubrimiento, y donde esta columna tiene sus más firmes raíces.

Toda colonización, en la Historia, ha tenido su final.  Bien por absorción, o por emancipación pactada con la firma de jugosos acuerdos comerciales; en eso, los ingleses supieron hacerlo, pero España, no.  Guerras, fratricidas, precedieron a la independencia en toda ocasión.  Pero como escribía un columnista ecuatoriano, lamentablemente olvidado, la independencia que fue un hecho político irrefutable e irreversible, no se tradujo en “lo” social, y las cosas siguieron parecidas a los tiempos de la colonia virreinal.  La sociedad que obtuvo la independencia en su totalidad, no participó por igual en ella; muchos, tal vez, ni se enteraron.  Pero de eso han pasado doscientos años, y resulta sangrante, estremecedor digamos, que al día de hoy se escriban titulares como el mencionado.  “No es mi problema”, diría un banquero, pero este no es el caso, y, sí, con la mano en el corazón, sí lo es, y de todos, porque el mundo, viejo y nuevo, se ha hecho pequeño gracias a los progresos de la tecnología en comunicación.  Si alguien carece de agua “entubada”, o de alcantarillado, o de comida, el problema es de todos, y, como para no dormir.

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