Un tiempo para la esperanza

Nota del director: Este artículo fue escrito por Pascual Falces, en octubre del año 2001. Aunque la noticia que dio origen al artículo no es de actualidad (pero el conflicto sigue vivo), las reflexiones y mensajes que aportan siguen igual de presentes, y nos pueden hacer pensar si en estos 9 años que han pasado desde que se escribió este artículo, estas esperanzas que el escritor  anhela se han hecho realidad, van por buen camino, o siguen siendo puras esperanzas.

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Sobre el impenetrable optimismo con el que se mantiene esta columneja anclada en el país de Nunca Jamás, una lluvia de desconsuelo cayó al atardecer del pasado domingo siete de octubre.  Era parte de la desencadenada sobre la aldea global, con la irrupción en los noticiarios de que la ofensiva sobre Afghanistán ya estaba consumada.

No por esperada, la reacción de norteamérica y sus países aliados, dejó de tener una connotación de amargura.  La justificación de la misma, tan ampliamente difundida, y reconocida como legitima entre mayoritarios contingentes de ciudadanos es de admitir ¡qué duda cabe!, porque es consecuencia lógica del orden mundial establecido.  Pero vivimos en la esperanza confiada de que un nuevo orden, más justo, pueda comenzar a establecerse.

Nada nuevo ha sucedido, excepto la tardanza en la réplica y el suministro de raciones alimenticias, que ya había sido utilizado en Kosovo,  No sorprendió por lo tanto, y además, ha entristecido.  Ha prevalecido la comprensible irritación contra el método terrorista desencadenante, y en modo alguno justificable como equivocada expresión de unas reivindicaciones.

Pero no se ha visto a nadie, en un plano de calma, o de rabia contenida, sentarse a escuchar esas reivindicaciones, bien conocidas por otra parte. Ben Lader, de modo descarado y con instinto de lo mediático, dio a conocer su punto de vista de inmediato, y un piloto de los “marines” participante de ese primer asalto, también expresó su satisfacción, horas después del ataque, comparándolo con un juego de la supercopa, como algo fantástico envuelto de patriotismo, alarde y precisión.

La tarde del domingo no se estableció diálogo; a una intolerancia se respondió con otra, posiblemente más civilizada.  Se vio que habían resbalado cuantas llamadas se han escuchado a la solidaridad y al quehacer común de una humanidad que forzosamente hay que reconocer como una aldea con conflictos entre vecinos, que ya no entre hermanos, aunque también lo somos todos los que habitamos en ella.

Pero nada de cuanto se ha dicho quedará en saco roto, porque es un sentir palpable que se ha hecho presente en este momento de la humanidad.  No son los tiempos de la batalla de Lepanto, curiosamente también otro siete de octubre, de 1571.  Hay  mucho trecho recorrido, muchas guerras mundiales tan cuestionables en sus resultados que sobre todas ellas apetece pasar la página cuanto antes.

Los planes de pacificación para después de que concluya este horrible conflicto son esperanzadores porque han estado muy cerca de ser tenidos en cuenta antes de desencadenarlo.  Ni un solo inocente palestino, afghano, o vasco, deben ser víctima de ese eufemismo, acuñado por la Otan,  de los “daños colaterales”, como consecuencia de que entre ellos hayan surgido quienes creen que el terror, el crimen,  son métodos válidos para conseguir algo.  Por otra parte, la humanidad todavía no es un solo cuerpo bien conocido en su anatomo-fisiologia, donde hacer cirugía con precisión, y desgraciadamente los justos siguen pagando por, o junto a, los pecadores, aunque muchos se llenen la boca con lo de la “guerra quirúrgica”

Por eso, la esperanza confiada en que este momento oscuro pasará, y volverá la luz, y con ella la ilusión de caminar juntos hacia el bienestar, es un hecho, aunque otra vez vuelva la noche con su llanto.   Pero amanecerá y con ello el júbilo de nuevo se impondrá en esta tierra donde inevitablemente la humanidad tiene una vocación claramente expresada en la antiquísima invocación de Visperas de la iglesia católica: “Que el mundo prospere y avance según Tus designios. -Y que los que lo construyen no trabajen en vano”.

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