Universalidad y pensamiento único

El adjetivo universal es muy apetecido.  No hay presuntuoso alguno que no se lo auto-coloque a continuación de su “lugareñismo”, para que no digan.  Se es de un lugar, cualquiera, y universal.  Faltaría más.  A poco que el hombre levante los ojos, y es una facultad que se le hizo presente al ponerse de pie, ve que ante sus ojos se extiende algo tan inmenso como el horizonte.  Claro que siempre hay horizontes que se ofrecen más alejados unos que otros.  Y, además, si se camina un poco, detrás de esa línea virtual y “horizontal”,  aparece otra nueva, y, así hasta, casi, el infinito.  No se diga en el mar, esa línea nunca se alcanza, siempre está delante.  Entonces, es natural que con un mínimo de percepción, el universo no puede negarse, y hay que ser “universal”, o tonto...

Así de fácil resulta la conveniencia de identificarse como universal. Pero, ocurre que, esa percepción ha de ser instalada no sólo en los sentidos, sino en el espíritu, la parte inmaterial y consustancial del hombre, y con lo que se define como persona.  Visto de otro modo, más simple, es como ver el horizonte a través de un estrecho tubo, que sí, permite ver a lo lejos, pero sin relacionar lo que distingue, con lo que hay en su más cercano alrededor.  Y aquí es donde la “universalidad” realmente se alcanza.  El horizonte puede manipularse por el interés particular: -Ese es mi objetivo, mi expectativa... y hacia él se dirigen, incluso arrasando patosamente con lo que tenga por delante.

Pero el hombre, que además de poder ver de lejos, también tiene la facultad de pensar, como bien es sabido aunque poco practicado, tiene, con ello, la manera de cuestionarse sobre lo que le rodea, o se le pone entre medio de sus intenciones, pero no siempre encuentra dentro de sí los argumentos que necesita.  Con lo que, se le plantea elegir, de entre los más cercanos. Los más a mano; y, aquí viene un delicado asunto.  ¿Cuál elegirá?... Generalmente, se deja influir por la moda. Ese gusto general de la gente, conjunto de usos, costumbres y tendencias, circunscritos a una época determinada, y en diversos aspectos, como es el vestido, por ejemplo.  En nuestros días, lo nuevo, la moda, se confunde con lo bueno.  Y todo lo que es bueno ha de ser nuevo.  Pero suena a necedad.  ¿Quién no tiene un par de zapatos de años anteriores, en buen uso?

Con todo, no es eso lo peor, sino que, como toda moda, tiene sus dictadorzuelos, que se aprovechan en propio beneficio, de esa necesidad de uso que tiene todo hombre.  Y, aparece, la tiranía de la moda.  ¿Cómo resistirse, si con ello se anuncia el ridículo?  Y, entonces viene lo más cruel, la imposición de una forma de pensar.  O se piensa así, o, también, se hace el ridículo.  Sólo un sentido de lo universal da fuerzas para llevar la contraria.  Desde la universalidad se defiende el hombre de lo temporal, y, de este modo, sí, se puede presumir de universal, no sólo para quedar bien.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.