
Pensar en global, el único modo actual
El malestar que provocan los muertos en un restaurante de Casablanca; en el autobús de Tel-Aviv; en sus viviendas de Riad; o en cualquier lugar de la remota Chechenia, es parejo al estupor de saber, además, que tienen el denominador común de haber sido victimados por personas que llevaban esa intención haciendo explotar la carga de muerte que había fijado en algún lugar de su cuerpo. Se participa con desazón inevitable de esos asesinatos, e inmolaciones, como consecuencia de la comunicación que difunde semejantes noticias en instantes, “dando la vuelta al mundo”. Lo cual parece, esto último, recurrir al tópico para enjuiciar el momento actual. Sin embargo, hay que aceptarlo así, es el signo de nuestro tiempo; es el que ha impuesto la globalidad, como si fuera el marco que encuadra toda manifestación contemporánea. Ocurre que tanto se repite, que puede hasta acostumbrarnos: muere alguien violenta en injustamente, y la respuesta es tan sosegada como la que produce, por ejemplo, un fusible doméstico que salta.
Julio Camba, un periodista madrileño que vivió a finales del s. XIX, y comienzos del XX, durante una época, sus artículos para “La Lidia”, una revista de cuando el esplendor del espectáculo de los toros, tenían el epígrafe de “Crónicas a coche parado”. Era el gusto al uso de entonces, lo que más atraía a la gente: sentarse en el velador de un café y ver pasar a la gente. Camba, alquilaba un carruaje de caballos de servicio público, precursor de los taxis, y ordenaba al cochero detenerse, junto a la acera, en la calzada de los puntos más concurridos de Madrid. Ver pasar a la gente por la calle Alcalá, o en la plaza de Cibeles, y escribir con arte lo que sus escrutadores ojos apreciaban, le sirvió para sentar cátedra de periodismo informativo. ¿Dónde detendría su coche en nuestros días?
El maestro, tenía que buscar a la gente en su ir y venir; situarse delante de ellos para contar lo que pasaba de interés a su juicio. Hoy día --las ciencias han adelantado que es una barbaridad--, sólo es preciso prender el televisor para que el mundo, la gente, pase por delante del cómodo sillón hogareño. No hay que ir a buscarles, vienen en búsqueda de uno, y le obligan a participar sentimental y moralmente en sus andanzas. Sólo que siempre hay “alguien” que, de algún modo, selecciona y elige lo que se ve, es decir, hay una manipulación previa que el del “coche parado” no tenía; él era el único en elegir el punto donde captar la noticia.
La aldea ofrece muchos innumerables lugares desde los que reflexionar cómo va el mundo. Pero la difusión de noticias se realiza a través de unas pocas agencias generales --de donde el resto de medios beben--, y la posibilidad de comentarios se ve reducida a temas “elegidos” previamente y que esconden un misterioso ¿porqué ese y no otro?. Pero, a pesar de esta limitación, la situación es mas ventajosa para los posteriormente informados. ¿A quién iban dirigidas las crónicas desde el coche de Camba? A los madrileños de aquella época, tan pueblerinos como los de ahora, sólo que ante la variedad de noticias que reciben, el conocimiento se ha visto obligado a “universalizarse”. Un aldeano universal con el saber de su pueblo, ese es el ciudadano de la Aldea, que comparte prácticamente la misma información desde los distintos puntos de la geografía donde resida.
El hombre no ha cambiado, el que es culto, lo era también entonces, los chismosos que disfrutan con el cotilleo ramplón, también existen ahora, sólo que su ocupación es cómo le van las cosas a Jennifer Jones, en lugar de las de la tonadillera de moda. Lo que se ha abierto es la cristalera por donde su mirada abarca lo que sucede por ahí. Al vecino se le ha podido marchar la mujer con otro ayer mismo, siempre ha sido motivo de comentario, pero ahora nos despiertan con la noticia de quienes eran los que cenaban en Casablanca cuando el suicida reventó la bomba que llevaba bajo la ropa. Del pequeño cono de luz que tenía aquel ciudadano, para “ver” el mundo, se ha pasado a un reflector que pone a la vista la corteza terrestre completa. De ahí a sentirse ciudadano del mundo, hay menos distancia que la de bajarse del coche de Camba a saludar a un conocido.
A juicio de esta crónica, existen dos lugares donde “pararse” en este momento: en Langley, en el edificio de la CIA, y en la aldea del Cauca donde Epifanio del Cristo Martínez --nuevo Demóstenes—reflexiona, entre café y café, sobre cuanto ve por televisión o lee en los periódicos colombianos; quién mueve el mundo, aunque aburra; y qué es lo que le importan a la gente de esas “movidas”, que es lo interesante. Paradójicamente, el mundo se ha hecho más pequeño a medida que se le conoce mejor, como bien es sabido.