
Cuando la aldea se transforma en barrio
Tan orgullosos como estábamos.... Tan felices como nos las prometíamos... Los habitantes de la Aldea observamos consternados, en estos días, como la comunidad mundial –una sola raza variopinta en lo externo y con idéntico anhelo de paz y bienestar social--, satisfecha de estar intercomunicada, solidarizada al instante con cualquier lugar donde sonara un lamento... buscando caminos para acercarse más los unos a los otros... presintiendo los ecos del Himno a la Alegría de Miguel Ríos sobre compases de la Pastoral de Beethoven... después de innumerables “ires y venires”, de escuchar toda clase de argumentos a favor de la paz... y en contra del terrorismo internacional, capta presagios de que una nueva catástrofe bélica se echa encima, si Dios no lo remedia.
Entonces, ¿en lugar de aldea donde todos se conocen, se ha transformado en un barrio de gran ciudad, lleno de pandilleros, policías, e inseguridad ciudadana? Así parece, aunque el optimismo -- triunfador a ultranza--, permite pensar que se trata de un cambio momentáneo en la decoración; donde el sol alumbra y calienta caminos y plazas, se han situado penumbras rasgadas por fogonazos y tronidos en lóbregos callejones llenos de desperdicios, y donde hasta las ratas buscan lugares seguros. Hasta cierto punto se puede pensar en la enajenación mental de los gobernantes-realizadores, ya que es imposible que “el mundo” se vuelva loco. Se viven unos días en que la credibilidad de las instituciones está bajo mínimos; las desautorizaciones se suceden de unas contra otras. Como en West Side Story, los “sharks” procedentes de Puerto Rico, y los “jets” de ascendencia anglosajona, bajo los compases de la música de Leonard Bernstein, se persiguen unos a otros hasta el enfrentamiento a muerte.
No se trata de saber quién ganará, la pérdida será general, y será un traspié en la marcha de la Aldea Global. Se sabe que la más acertada interpretación de la Historia, es la de que es cíclica; unos períodos suceden a otros alternando épocas de paz con las de guerra, de bienestar con grandes calamidades, pero... ¡aquí viene lo bueno! nunca vuelve al mismo nivel, sino a otro lugar coincidente con el anterior, pero un poco más elevado; así es como prosigue su camino ascendente, así cumple su vocación... Es lo que hace irrisorio esa máxima de pesimistas (los que siempre se equivocan; los optimistas sólo a veces) de que todo tiempo pasado fue mejor. No, no es cierto, cualquier tiempo pasado fue... mucho peor. ¿Dónde quedó la esclavitud? Por ejemplo.
La credibilidad de las instituciones pone en tela de juicio, además de su existencia, la razón y fundamento que llevo a constituirlas a unos hombres anteriores; la OTAN, un pacto armado para defenderse Europa de un enemigo latente que ya no existe, se ha quedado obsoleto porque el reto actual del continente es la unidad para el desarrollo. Las Naciones Unidas, que surgieron de modo apremiante para evitar nuevos conflictos de nivel mundial, se han desinflado en su loable propósito a base de compromisos. Sus fracasos no pueden permitir que se atribuya el conflicto que se avecina a la inevitable confrontación entre dos maneras de vivir la religión; la llamada occidental –pluriconfesional- y la islámica, tampoco monolítica. Esto es sacar las cosas de quicio.
Si hay pelea de pandillas en el barrio, cabria pensar en que se peleen entre ellos, y dejen a los demás en paz. Pero esto es imposible, mejor dicho ya no es posible, porque el barrio que nos quieren hacer ver en este momento, no es un barrio, dejó de serlo. Hace un tiempo que se transformó por obra y gracia de la civilización en Aldea Global, mundial, o como se le quiera llamar. Y este poblado de los hombres sobre un planeta que, además, debe ser conservado --no tendrían donde ir--, exige que cese la gresca; de sobras se sabe que el tiempo corre a favor del hombre, y que la mesa de diálogo, con viandas y buenos caldos si es preciso, es más barata y racional que la pelea callejera, donde siempre pasa un niño que recibe un balazo, o mata a un infeliz perro, el mejor amigo del hombre. Hay que dejar paso en este guirigay de actualidad al gentío que se escucha entonando el Himno de la Alegría. Es el único fin previsible para este ciclo, y no le den más vueltas.