
Localismo y universalidad
El ser humano, tan pronto como despierta cada mañana, se relaciona con su medio más inmediato; así de sencillo, perogrullesco, y elemental, es el obligado paso diario entre sueño y vigilia. A medida que va un poco más allá, se conecta con su entorno más tarde o más pronto; una cosa es despertarse y otra distinta el hecho de levantarse. Es sabido que los que “viven bien” se levantan varias horas después de haberse despertado, incluso desayunan en la cama, y los que simplemente “sobreviven”, o como decía un escritor que no conseguía editar sus libros, “los que pertenecen al submundo de los invertebrados”, se despiertan varias horas después de haberse levantado, estando ya en la oficina, en un transporte público, o en el hospital. La infusión de café se viene utilizando para acercar lo más posible esos dos momentos. Su alcaloide la cafeína -–de las llamadas aminas simpáticomiméticas--, es un buen estimulante de la “substancia negra” que se encuentra interpuesta en el organismo entre las células nerviosas, y al activarse hace recuperar el sensorio.
Ya despierto, el hombre percibe en primer lugar los objetos más cercanos, lo que se puede decir forma su lugar, su localidad, o “localismo” –una porción del espacio siempre limitada y que le rodea de modo inmediato--. El término lugareño es usado con matiz despectivo, no siempre, y sirve para señalar a alguien que conoce y se desenvuelve tan sólo entre lo que le rodea, aunque tal palabra, en origen, signifique pertenecer a un lugar, lo que suele ser motivo de honra.
El término opuesto es el que corresponde a tener conciencia universal, la universalidad, la inclinación por conocer todo lo que existe materialmente. La “aldea global” como se está dando en llamar a la población de este planeta, esconde una inocente broma al unir dos conceptos muy distantes, aldea – lugareña-, y globo terráqueo. Su aceptación, el orgullo de vivir este momento en ella, trae consigo la necesidad de “tomar café” para despertarse y tomar conocimiento ante todo lo que se halla sobre su corteza.
Son conceptos aparentemente contrapuestos, el de aldea, como localismo, y el de universalidad. Esta última noción que era hasta hace unas décadas inquietud propia de intelectuales y obsesión de imperialistas, ahora es obligación común a causa de los avasalladores adelantos en la comunicación terráquea. No estamos solos al despertar, como generalmente no lo estamos en nuestra propia casa, ni en nuestro pueblo o ciudad, ni en nuestro país, o continente. Y puestos a abrir la mente ¿por qué hemos de estar solos en el Universo?. Cosa distinta es que todavía no hayamos podido comunicar con extraterrestres; tal vez estén tan lejos que no se alcanza, y conocida es la inclinación del hombre a pensar que no existe aquello que no ve. Algunos, voluntariamente, se sabe que imitan al avestruz que de modo en apariencia estúpido, mete la cabeza debajo del ala, como si al no ver, al ignorar, lo demás dejara de existir. Pero existe, y llega, y si tiene fuerza e intenciones, arrasa; aunque no siempre, por que las fuerzas exteriores no necesariamente tienen intenciones dañinas como la ciencia ficción hace creer con frecuencia.