Globalizarse, una inclinación secular universal

ESTA VOCACIÓN, TAN INCORPORADA A LA REALIDAD de nuestros días, plantea, de vez en cuando, la necesidad de recapitular sobre sus concisos términos.  A cada momento que pasa, nuevas voces plurales y desde sectores muy diversos y lejanos, se suman a este clamor por lo universalmente común.  En el diccionario se define la vocación, como una “inclinación, nacida de lo íntimo de la naturaleza de una persona, hacia determinada actividad o género de vida”; ya sea persona individual o colectiva, el sentido es el mismo. 

POR ESTE MOTIVO, nuestro mundo vive “hacia” el constante desarrollo de esa vocación manifiesta en el deseo de ser “uno solo”, y comprenda a todos los pueblos que, desde milenios, se han ido asentando por el cultivo y el auge de la Tierra. Una de esas voces, recientemente expresada, y, entre las más autorizadas, es la de Carlos Fuentes, mexicano universal.  Se ha sumado al reconocimiento de la evidencia que proclama este periódico --entre los adelantados de la prensa digital mundial; no en vano cuenta con esta columna, que día a día, se sostiene, desde hace un año, como portavoz de globalidad--.  Fuentes ha expresado su punto de vista en “Todo comenzó en Veracruz”, de modo tan esclarecedor que a él se ha de ceñir esta reflexión, por aquello de que el que “vale, vale”, y, además, en este caso, también es el que sabe.

SEGÚN ACLARA, se pueden distinguir tres grandes etapas históricas en la manifestación de la vocacional globalizadora.  La primera de ellas, que apellida como “renacentista”, tiene su origen en el momento en que los navíos de Hernán Cortes, en 1519, llegan y establecen lo que ahora es la espléndida ciudad mexicana de Veracruz.  Casi al mismo tiempo, Juan Sebastián Elcano, fue el primero en hacer presente ante las gentes, que el mundo, en efecto, era redondo y transitable.  La segunda toma de conciencia es más reciente, y se puede situar cuando a comienzos del s. XX, “los máximos flujos de capital se dieron desde y hacia la Gran Bretaña entre 1905 y 1914, llegando a representar buena parte de la riqueza británica”. Pero en 1914, con la primera guerra mundial, como concluye, “las rivalidades coloniales detuvieron en seco, con sangre, el proceso de desarrollo.”

TAMBIÉN DURANTE EL S. XX, las convulsiones de desarrollo, el “estirón” económico y demográfico del globo, retrasaron la aparición de la tercera y actual “globalización”, la que, también, ha traído consigo a las gentes descontentas con el modo en que está orientada, son los conocidos y omnipresentes “globalifóbicos”.  Hasta cierto punto, los hechos les conceden razón, porque se vive “una nueva realidad, pero no una nueva legalidad”.  Las afrentas que sufre la humanidad con la forma actual de globalización, son ciertas, pero el hecho es, que, aún con todo, nadie puede detenerla.  Todos los pasos dados durante los últimos cinco siglos, por poner una fecha de comienzo de la toma de conciencia universal de esta inclinación de unidad, son irreversibles.  La humanidad se encuentra ante un hecho global que ciertos intereses torcidos, presentes desde que el hombre puebla la Tierra, intentan obtener la “tajada” más gruesa de esta realidad. “Las crisis ecológicas, el deterioro urbano, la pésima distribución de la riqueza mundial, los enfrentamientos culturales y el simple dolor y desesperación de millones de seres humanos excluidos de los beneficios sociales” son graves cuestiones a resolver para que la globalización se extienda sobre la corteza terrestre como un manto cobertor de desarrollo y redistribución. 

LOS BALBUCEOS manifiestos en forma de realidades materiales, como la ONU en busca de sí misma; la comunicación, los desplazamientos, la Corte Penal Internacional, o las cumbres de mandatarios, y “contracumbres” de disconformes, son pruebas tangibles de algo imparable.  Repartidos por el mundo, en diferente grado de desarrollo y bienestar, todas los pueblos de la tierra anhelan ser una sola familia en una sola Aldea.

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