Encuentro y consenso

LAS AMERICAS SE ENCONTRARON en Monterrey, pero sus dirigentes, protagonistas de la coyuntura, no hacen prosperar acuerdos fácticos que garanticen desarrollo sustentable para sus pueblos –del mismo modo que los voluntarios asistentes callejeros. con sus voces y gestos, tan sólo expresan que se “oponen”--.  Europa deja pasar meses preciosos sin encontrar otra fórmula más sublime que las ataduras económicas, residuos de la era industrial, para una Constitución de veinticinco países con historia común de sangrientos desencuentros.  Los países de mayoría musulmana tampoco saben cómo digerir islamismo y democracia según su el moderno estilo.  En fin, que el mundo sabe donde y como reunirse para hablar, pero las reuniones terminan sin establecer eficaces bases de próspera convivencia.

¿QUÉ ES LO QUE FALLA? ¿Qué ingrediente es preciso añadir a cualquier convocatoria de diálogo –feliz término--, para que se transforme en un paso adelante?  A ojos vistas salta que “lo” ausente, es algo muy conocido, utilizado y fecundo; algo que los sicilianos –por viejos, que no por sabios--, ya vienen sirviéndose de ello para resolver diferencias y obtener el bien común de las partes interesadas.  Es el “consenzo”, escribiéndolo en italiano, su lengua vernácula, y que se ha traducido por “consenso” –con su verbo consensuar; yo consensúo, tu consensuas, etc. 

¿QUÉ CONTIENE este término de auténtico “arréglalotodo” en su verdadera acepción?  Para comenzar conviene recordar que su etimología latina es la de “sentire cum”: sentir juntos, consentir, desear la misma cosa.  ¿Hacen falta ejemplos de utilidad a partir de este diáfano origen?  ¿Quién no ha experimentado satisfacciones como consecuencia de sentir algo a la vez que alguien, de querer alcanzar juntos lo mismo?  Además, así visto, se comprende que es algo tan viejo como la pareja humana, por lo menos.  ¿Quién no proviene de un consenso? Y si no es así, fue consecuencia de un desacuerdo que también prosperó. ¡La vida!... como dice nuestro viejo amigo Epifanio del Cristo Martínez.

EN  MATERIA JURÍDICA, que no es el fuerte de esta osada columna, el consentimiento es requisito básico para un contrato, algo de lo que también está lleno el mundo.  Contratar es, ponerse de acuerdo varios para dar lugar a una sola voluntad contractual.  Pero eso, si, alcanzada entre seres en plenas facultades y libertad.  De ello proviene que existan limitaciones, que no sea el consenso una capacidad universal, sino que hasta él no puedan llegar personas sin haber desarrollado el uso de razón, o que estén discapacitados para leer, si es escrito, o para oír, si es verbal.  El apretón de manos sella el consenso, previamente unificadas las voluntades y sin resquicio a engaños.

PERO, CON TODO, la verdadera dificultad para el “consenzo”, lo que impide la popularización de su utilidad, es la divergencia entre la voluntad interior  (lo que de verdad se quiere), y la voluntad declarada; la ocultación de intereses, el ánimo de engaño, la reserva mental, y la falta de seriedad, entre otras actitudes igualmente falsas y destinadas no a consensuar, sino a mentir y obtener provecho sobre otro; lo que en términos coloquiales se denomina “llevarse el gato al agua”, y en español, porque ya se sabe, que, como dijo Octavio Paz, no todos entienden, ni saben pronunciar el castellano.

¿SE ACUDE A LAS “CUMBRES” con ánimo de consenso, o para ver quién es más listo y se lleva el gato al agua?  La aldea está necesitada, más que nunca, de apretones de manos sin reservas, no como formalismo, tal y como se cierra un acuerdo tras una simple mirada.  Los ojos, en la medida de que a través de ellos se ve el corazón, también son parte inicial, crucial y final de un consentimiento.  ¿Vale?

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