Ley natural, diálogo y coherencia

Las creencias, o no creencias, de cada cual son dignas de todo respeto; y que no deben ser motivo de desacuerdo, para caminar en franco entendimiento y armonía  hacia el bien común entre dos o en general, no parece que pueda ser causa de discrepancias. 

Juan Pablo II presentó, en el año 2002, la Ley Natural como el terreno de diálogo entre creyentes y no creyentes, porque dicha ley es la “participación de la criatura racional en la ley eterna de Dios” y ofrece elementos decisivos para la acción al servicio de los derechos humanos. Del mismo modo el entonces cardenal Ratzinger, destacó cómo la ley natural se está empañando en la conciencia contemporánea al perderse los principios éticos comunes de encuentro, y con ello se hace muy difícil el diálogo entre personas de diferentes culturas y creencias.  Por el contrario, esa ley ofrece “una amplia base de diálogo con personas de diferente orientación o formación, de cara al bien común”.  El pontífice alienta “en un momento cargado de preocupación para la suerte de tantas naciones, comunidades y personas, en especial las más débiles en todo el mundo”,  a “redescubrir el valor de esta doctrina, en defensa de la dignidad y de los derechos del hombre”.

Esta oferta contiene, a nuestro modesto juicio, un incalculable resplandor humanista para favorecer la comprensión a nivel de calle, con la que se comprueba que el pensamiento pontificio se apoya, una vez más, en su cercana información acerca de cuanto ocurre en la misma.

Pero ¿por qué la sociedad contemporánea tiene tantos problemas para recibir y comprender los documentos que se publican desde la Santa sede? Esta es la pregunta a la que en el mismo día, Juan Pablo II pidió dar una respuesta, al encontrarse que esa clase de documentaciones experimentan un «problema de la recepción» y de «asimilación de sus contenidos», en particular para teólogos y gente de la cultura.  “¿Hasta qué punto inciden en estas dificultades de recepción los medios de comunicación?. O es que, ¿nacen de las dificultades de acoger las severas exigencias del lenguaje evangélico, que sin embargo tiene una fuerza liberadora?”.  En este regate de doble encestamiento, ofreció además dos sugerencias para la respuesta.  Ante todo, “la necesidad de que todos se involucren en la obra de sensibilización sobre la proclamación de la fe”. Y en segundo lugar, porque se trata de “un problema de estilo, de coherencia en la vida”.

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