
Clamor de una infancia malherida
En el exacto y preciso día de hoy, sensacionalismos aparte, la actualidad es una de las que más debería inquietar el corazón de cualquier responsable. La constituyen los cincuenta millones de niños en el mundo que carecen de nacionalidad, según el Informe Mundial de la Infancia elaborado por Unicef, y que les obliga a crecer sin posibilidad de beneficiarse de lo legal, como auténticos apátridas. Pero hay más, el resto de cifras también es estremecedor.
Los niños son motivo predilecto para tomarles fotografías en brazos de los políticos durante el período electoral, pero no son --según concluye ese Informe--, el objeto primordial de sus atenciones una vez acabada la campaña; si acaso para hacerse nuevas fotos que siempre favorecen la imagen pública de cualquier preboste. Constituyen la población que más ternura y atención provoca, por pura evidencia, pero es su indefensión y fragilidad lo hace irresistibles ante cualquier bien nacido. A pesar de ello, con frecuencia su vida se desenvuelve en el límite de la supervivencia. Por suerte, la fuerza providente de la vida está con ellos; la mayor que existe, y sin la cual aviado estaba el porvenir. En países menos desarrollados, la pobreza en cualquiera de sus consecuencias –abandono, desnutrición y enfermedades, entre otras-- es su principal lacra. Aunque no admita comparación, en medios más avanzados --¿en qué?-- resulta terrible el maltrato físico y la explotación laboral que padecen alrededor de 180 millones de niños entre 5 y 17 años, que están esclavizados en las peores formas de trabajo. Estas desgracias las padecen en silencio, o con lloros que ningún responsable parece atender. Existe una Declaración de Derechos del Niño donde se proclama que deben crecer en buena salud, recibir educación, y desarrollarse en ambientes saludables; pero... Es difícil entender por qué el Informe hace hincapié en esos millones de niños que carecen de nacionalidad --como si el hecho de tenerla fuera garantía para disfrutar de esos derechos--, y en la necesidad de que se les “escuche”. ¿Necesita un niño decir que tiene hambre para que su madre le entregue el pan que se iba a comer ella?
Con todo, lo más sangrante resulta la indiferencia con que los adultos responsables conviven con semejante calamidad. El mundo de los “mayores” parece pasar de largo ante el lamento de millones de niños malheridos en su cuerpo, y maltrechos en su condición. Se calcula que 100 millones pasan su vida en medio de las calles. Los “niños de la calle”, ante los que se ha encallecido la sociedad, son víctimas de todo tipo de atropellos, aunque se les vea, en su candidez, jugar divertidos y ajenos a su cruda situación. Las villanías que se cometen con la infancia van desde no darles la alimentación que precisan, hasta utilizarlos para actos delictivos, secuestros, donación de órganos, o perversiones sexuales, o alistarlos –unos 300.000-- como soldados con armas o en servicio de quienes han pasado de la edad infantil. Sigue el Informe con más cifras escalofriantes al calcular que la trata de menores produce unos beneficios al año de 1.000 millones de dólares y del cual son víctimas 1.2 millones de niños en el mundo.
Se puede añadir a esta denuncia, entre muchos extremos que no alcanza, la trágica realidad de los niños desplazados por conflictos entre adultos, y de lo cual Colombia es un ejemplo con tantas familias desarraigadas de sus comunidades por la guerra civil que viene padeciendo desde hace años. La caridad, filantropía, o las “oenegés” intentan en su capacidad suplir lo exigible, y resulta inevitable un agradecido recuerdo para Teresa de Calcuta cuando reclamaba para ella los niños que no quisiera nadie.