Muertos y libertad de información

El mundo se conmueve por las víctimas mortales habidas entre los periodistas que cubren las diferentes guerras.  Son tan numerosos los muertos en una guerra, que no es de extrañar este pequeño porcentaje de bajas.  La indefensa población civil parece como si llamara menos la atención en su tragedia --triste es reconocerlo, pero a todo se acostumbran los ojos y oídos pegados a los informativos--.  En cambio, un periodista, un cámara de televisión muertos, entre unos cuantos más, provocan escándalo, y se analizan los detalles buscando responsabilidades.  Cuando, en realidad, el responsable de estar ahí y, en ese momento, es cada uno de ellos. No así los ciudadanos de Irak, obligados “sufridores”. Hasta Bagdad llegaron por pura profesionalidad, sin formar parte del conflicto, pero siendo parte del mismo.  ¿Por qué?  Porque el mundo entero quiere tener sus narices allí metidas, y los medios han de dar cumplida satisfacción a esa necesidad de información.  Esto les hace formar parte inherente de la refriega.
 

En cierto modo, su muerte testimonia que el mundo se ha transformado en aldea.  ¿Quién no muestra su curiosidad sobre su entorno, asomándose ante un escándalo en plena calle, o en la casa del vecino?  ¿Quién no se pregunta qué ha pasado?  ¿Quién no recibe una explicación de otra persona que estaba más cercana y “lo vio todo”?  Así transcurre la vida en cualquier comunidad.  ¿Cuántas veces hemos oído que “en los pueblos se sabe todo”?  Esta ciudad es pequeña, y nos conocemos todos –se dice.  Cualquier suceso queda aclarado en instantes, y las gentes continúan con sus quehaceres.  Luego, se volverán a reunir para un funeral, por ejemplo, y retomarán los detalles.  El entierro de los periodistas será sonado, y el seguro de vida o la indemnización mitigará el dolor entre sus deudos. ¿Cómo son enterrados los iraquíes? ¿Cómo quedan sus familias?
 

Si ese suceder es normal, lo raro sería que, por el lícito afán de enterarse, alguien saliera malparado.  Preguntar nunca ha sido sinónimo de ofender, aunque haya preguntas que son ofensas.  La gente quiere saber por curiosidad --en ocasiones morbosa--, o, simplemente, porque es bueno conocer lo ocurrido no sea que le afecte a uno mismo, y hayan de tomarse precauciones.  Este es el papel que desempeñan los profesionales de la información cuando la distancia impide, por fortuna, enterarse por sí mismo de cómo ha ido el bombardeo, por ejemplo.  Globalizada la comunicación, es natural que cientos de informadores concurran allí donde se monte un escándalo que es noticia, y, por lo tanto, comercializable.
 

Pasó la época en que las guerras eran lejanas, no solo por su ubicación geográfica, sino por su interés, y sólo importantes medios enviaban “corresponsales” al escenario bélico.  Han existido miles de informadores, anónimos y de lujo –como Hemingway en la Guerra Civil de España--, que llenaron columnas y columnas de literatura de alcance con acontecimientos que juzgaban de interés para lejanos lectores de su periódico.  En la “guerra del golfo”, la CNN tuvo la exclusiva de televisar sus fogonazos.  En la actual no ha sido así; toda clase de agencias, cadenas y medios, han tenido a gala estar presentes allí para cumplir con su audiencia.  Hay un matiz a tener en cuenta: cuando los propios beligerantes se sirven de estos informadores para sus intereses, como parte de la conocida “guerra mediática”. 
A estos cometidos pertenecía el periodista español Julio A. Parrado.  Se alistó, por así decir, entre los “U.S. marines” que, en un cursillo de cinco días, adiestraron un grupo de periodistas que habrían de acompañarles, casi en vanguardia, y ser narradores de sus hazañas; de los vítores del ”liberado” pueblo iraquí.  No han sucedido exactamente así las cosas; un proyectil de las exiguas defensas iraquíes, terminó con su vida junto a otro colega y varios soldados de la infantería de marina. Otro español, camarógrafo de televisión, José Couso, fue víctima de un certero disparo yanqui, que, sin querer, pudo haber “confundido” sus teleobjetivos con el ojo oscuro de un “bazooka”.
En esta hora de la humanidad, junto al derecho fundamental de la libertad de “expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra...” existe el de la información, sin el cual, el primero, destilaría necedad.  Sin saber, no se puede opinar, igual sea acerca de lo que ocurre en la acera de enfrente, como en un remoto lugar del globo.  Alguien nos lo ha de referir con calidad, objetividad, y ¡riesgo!.  Por lo mismo, debe ser respetado en su trabajo y honrada su memoria.  Otra cuestión diferente es la manipulación de la información, pero eso da lugar para próximas reflexiones.

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