Agosto implacable

Dentro de la algarabía de la actualidad española, de apagones, de inútiles secuestros de publicaciones –hoy día todo está en Internet-, de algunos pocos incendios –afortunadamente-, y de un “tour” inesperada y merecidamente ganado por el muchacho de Pinto, ¡enhorabuena!, entre otros menesteres, todo son opiniones.

 Más, en algo hay un acuerdo general: agosto es agosto. ¿En qué actividad ciudadana no se percibe la repercusión “implacable” del mes de vacaciones por excelencia. Algunos, los más afortunados, lo van a vivir con matemática precisión, del “uno al treinta y uno”, y, claro, así se ponen las carreteras, los aeropuertos y medios de transporte en general.

 Otros, más modestos, o por el motivo que fuere, lo “apuran” menos y se toman lugar para vacaciones sólo durante tres semanas o una quincena. Eso sí, por aquello de que las “vacaciones son sagradas”, se reservan el pico sobrante para mejor ocasión. Se puede decir, y con toda razón, que existe acuerdo general, unanimidad de opinión.

 Todo un ejemplo de armonía ciudadana, sin ir más lejos. Más o menos, siempre ha sido así, aunque quizás con no tanta “puntualidad”. Y lo cierto es que agosto pasa pronto, tal vez más rápido que el resto de los meses del año, y septiembre -otro mes implacable, pero esta vez con “mala idea”-, está a la vuelta de la esquina y esto no es deseo de aguar las vacaciones a nadie, sino calendario puro. Agosto es un mes para disfrutarlo en estos tiempos de bienestar en unos casos y de intentar olvidar en otros, una vez pasados a la historia los antiguos del botijo y la limonada en una tarde de improvisada terraza veraniega.

 Es un mes para llevar a cabo el proyecto acariciado durante las interminables jornadas laborales de madrugón y atascos, que son sustituidos por la inevitable aglomeración en los puntos de vacación elegidos. Es una consecuencia del consenso veraniego. Buena muestra de ello es la congestión observada en los barcos-nodriza que, repletos de automóviles, cruzan el Estrecho de Gibraltar en las dos direcciones y en los mismos exactos días. La globalización ha impuesto la idea de la distancia engañosamente asequible, y se pagan sus consecuencias.

 De manera inexorable, buena parte de la “moreria” residente en Europa se da cita en Algeciras con los vehículos repletos de niños, equipajes, y regalos para los familiares en tierra africana. También es natural. Y, ¿cómo no? la vulgaridad del resto del año de la televisión, forzosamente, se acrecienta en vacaciones. Cambios de cara en los presentadores -a veces hasta hay suerte-, producciones “enlatadas” o reposiciones, un ir y venir por entre cuerpos tostados sorprendidos en su “afortunado” lugar de descanso, etc.

 Lo que no es vacación, no es noticia. Pareciese que las cosas “importantes” del resto del año, no existieran, o han sido pospuestas. La hamaca, la crema de protección solar, los bañadores y objetos que sirven para flotar, desde humildes manguitos para los brazos de los niños, hasta fastuosos barcos de recreo, son los objetivos perseguidos por la información de manera, también, implacable. Que todo el mundo lo disfrute, porque si hay algo que se llega a merecer, son las vacaciones.

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