
Volver a las andadas con mayor ilusión
Querido Efraín: Ha culminado, de modo misterioso, con la Resurrección de Cristo, un tiempo dedicado, como te decía el pasado domingo, a conmemorar la Pascua en el corazón; acontecimientos únicos en la Historia, que modificaron para siempre el modo de estar el hombre en la Tierra. Fuimos redimidos, y ya no somos presa irremediable del mal. A cada uno le toca ahora responder; batallar en el corazón para que el Bien, que ha triunfado, lo haga también en su propia voluntad, en consecuencia. Para ello, ante el Señor hay que manifestarse tal y como se es. Ésta es nuestra esperanza, y por eso lo digo.
El que ama y realiza la verdad se acerca a la luz. La confesión es querer obrar según ella, delante de Dios. Ante sus ojos está siempre desnuda la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto, aunque no se quisiera confesar? Sería como pretender “esconderlo” de nosotros, porque de él es imposible hacerlo. Ahora brilla y nos llena de contento, hasta el punto de avergonzarnos de nosotros mismos.
En adelante, no podremos complacernos si no es en él, ni resultarle gratos si no es por él. Esa confesión, no es con palabras y voces de carne, sino con la mente, que es la que sus oídos conocen. Porque, cuando somos malos, confesar no es otra cosa que tomar disgusto de uno mismo; y, cuando somos buenos, es no atribuírnoslo. Porque el Señor, bendice al justo, pero antes de ello hace justo al impío.
La confesión ante Dios, es callada y clamorosa: callada ya que se hace sin palabras, pero clamorosa en cuanto a cómo clama el afecto. El Señor, es quien juzga; ningún hombre conoce lo íntimo de otro semejante. También hay muchas cosas que ignoramos de nuestro espíritu; sólo Dios conoce todo, porque lo ha hecho. En cambio, aunque en su presencia nos despreciemos --somos tierra y ceniza--, sabemos algo de él que ignoramos de nosotros mismos.
Desconocemos las tentaciones que se pueden resistir, estando la esperanza en que es fiel al hombre, y no permitirá que seamos probados más de lo que podemos soportar, además, con la tentación da también la fuerza para resistir. Todavía no lo vemos cara a cara; y mientras caminamos, sentimos lo nuestro más que lo suyo, sin poder, de ningún modo, violar el misterio que le envuelve.
Dice San Agustín que toda nuestra esperanza está puesta en su misericordia, y le habla de esta manera: “Señor, ¿dónde te hallé para conocerte --porque ciertamente no estabas en mi memoria antes que te conociese--? ¿Dónde te hallé, ya que conocerte, estaba muy por encima de mis fuerzas? ¡Oh Verdad!, tú presides a los que te consultan y, respondes a quienes te interrogan sobre las cosas más diversas claramente, pero no todos te escuchan con claridad.
Todos te consultan sobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que desean. Óptimo servidor tuyo es el que no atiende a oír lo que él quisiera, sino a querer lo que de ti escuchare. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; te gusté, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti. Tú, al que llenas de ti, lo elevas, más como no me he llenado de ti, soy para mí mismo una carga. Contienden mis tristezas con mis gozos, y no sé hacia donde se inclinará el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! No te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; eres misericordioso, y yo soy miserable.” “¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo un servicio? ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no amarlos.
Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlo. Porque, aunque goce en tolerarlo, más quisiera, sin embargo, que no hubiese qué tolerar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar hay entre estas cosas, en el que la vida humana no sea una lucha? ¡Ay de las prosperidades del mundo, pues están continuamente amenazadas por el temor de que sobrevenga la adversidad y se esfume la alegría! ¡Ay de las adversidades del mundo, continuamente aguijoneadas por el deseo de la prosperidad, son duras y ponen en peligro la paciencia!” Con optimismo, concluyo esta carta que os he escrito con motivo de la Pascua. Saludos afectuosos para todos, C.T.A.