
¿Que ha quedado de la pascua?
Querido Efraín:
Deseo que me permitas explicar en esta carta, algo que es consecuencia de los acontecimientos que vivimos, en figuración, durante la pasada Semana Santa. No resulta lógico haber conmemorado unos sucesos tan transcendentales para los hombres, y que se queden sólo en formas exteriores de participación pública. Como si fuera un espectáculo anual, y motivo de vacaciones, según se extiende el uso. He leído en una apología escrita por un santo varón al Emperador Marco Aurelio, terminando el siglo II (año 190), que “el misterio de la Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, pero nuevo según la Palabra al hacerse carne de Nuestra Madre la Virgen María. Pasajero en su figura, eterno por la gracia. Corruptible por el sacrificio del cordero, e incorruptible por la vida del Cristo. Mortal por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su resurrección de entre los muertos.
La ley es antigua, y la Palabra, nueva. Corruptible el cordero pascual, e incorruptible el Señor, el cual, inmolado como cordero, resucitó como Dios. Llevado al matadero, sin embargo no era un cordero; como oveja enmudecía, y sin embargo no era tal; ha pasado la figura y ha llegado la realidad: en lugar de un cordero tenemos a Dios, en lugar de una oveja tenemos un hombre, y en el hombre, a Cristo, que lo contiene todo.” “Siendo Dios, se revistió de la naturaleza de hombre; sufrió por el que sufre, encarcelado en bien del que está cautivo, juzgado en lugar del culpable, sepultado por el que yacía en el sepulcro. Y, resucitando de entre los muertos, exclamó con voz potente: ¿Quién tiene algo contra mí? ¡Que se me acerque!. Yo soy quien he librado al condenado, quien ha vivificado al muerto, y quien hizo salir de la tumba al que ya estaba sepultado. ¿Quién peleará contra mí? Yo soy -dice Cristo- el que venció la muerte, encadenó al enemigo, pisoteó el infierno, maniató al fuerte, llevó al hombre hasta lo más alto de los cielos.
Yo, que soy Cristo, os digo: Venid, los que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, el cordero degollado por vosotros; soy vuestra vida y resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra". Las Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes; como también lo que había de suceder con su cuerpo después de muerto; predecían que este Dios; al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe.
Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y “aquellos a quienes se las revela”, todo un misterio. El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías había de padecer para entrar en su gloria. El evangelio identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, pide que le glorifique con aquella gloria que tenía junto a él; antes que el mundo existiese. San Pablo, para celebrar esta dicha recuperada, dice: “Lo mismo que por Adán entró la muerte en el mundo, de la misma forma, por Cristo la salvación fue establecida en el mundo”. Y añade: “Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, y de su pecado, seremos también imagen del hombre celestial, esto es, del perdonado, redimido, restaurado; y, en Cristo, alcanzaremos la salvación”.
Como dice el mismo Señor: Quien me siga no perecerá, sino que pasará de la muerte a la vida. Por ello podemos decir que la pasión del Salvador es la salvación de la vida de los hombres. Para esto quiso el Señor morir por nosotros, para que, creyendo en él, llegáramos a vivir eternamente “Éste es el don de la Pascua, el contenido de la fiesta anhelada durante todo el año, el día del comienzo de los bienes futuros. Pero, ¿de qué día se trata? Sin duda de aquél que es el origen de la vida, es decir, el mismo Señor Jesucristo; quien afirmó de sí mismo: Yo soy el día: si uno camina de día, no tropieza, es decir, quien sigue a Cristo caminando tras sus huellas, llegará hasta donde brilla la luz eterna.”
Recibir toda la familia mi saludo más afectuoso, C.T.A.