Sin la Caridad, todo es vanidad de vanidades

Querido Efraín: Han sucedido algunos acontecimientos esta semana en relación con el desgraciado asunto de Nicaragua que ayer mismo me decías en tu correo que “se ha armado un cachumbambé con el lío de la excomunión de los padres de la pobre niña.....que si Cristo... que si la Iglesia católica... cosas en las que usted y yo ya estamos más que claros”. Gracias a Dios, así es, lo tenemos claro, porque si no... Por eso, para agradecer tenerlo “claro” he pensado escribirte hoy acerca de que “sin la caridad, todo es vanidad de vanidades”. 

Son cosas de San Máximo que he encontrado entre mis papeles... de allá por finales del siglo II, y que escribía en Alejandría para una de las primeras comunidades cristianas. Como quien dice, respirando el aire puro de nuestra doctrina recién proclamada. La caridad es la buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. 

Nadie que esté dominado por cosas terrenas podrá alcanzar esta virtud. El que ama a Dios, lo antepone a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden hacia Él. Como todo lo que existe ha sido creado por Dios y es inmensamente superior a sus criaturas, el que lo deja de lado y se adhiere a las cosas inferiores demuestra con ello que tiene en menos a Dios que a las cosas por él creadas. “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros”, dejó dicho Jesús bien clarito. El que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios. 

Quien lo hace, ama también inevitablemente al prójimo; y el que tiene este amor verdadero no puede guardar para sí sus bienes, sino que los reparte con los necesitados. El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discriminación alguna entre buenos y malos, justos e injustos, sino que reparte a todos por igual, según las necesidades de cada uno. 

La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales. El que, desapegándose de corazón de las cosas de este mundo, se entrega sin fingimiento a la práctica de la caridad con el prójimo, se ve liberado de pasiones y vicios, y se hace partícipe del amor divino; lo conoce. 

El que alcanza la caridad divina no se cansa ni decae, según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con fortaleza de ánimo las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie. No digáis --advierte Jeremías--: "Somos templo del Señor." Tú no digas tampoco: "La sola y escueta fe en nuestro Señor Jesucristo puede darme la salvación." Eso es imposible si no te esfuerzas en adquirir también el amor con Cristo y con los demás, por medio de tus obras. 

Por lo que respecta a la fe sola, dice la Escritura: “También los malditos creen y tiemblan...” El fruto de la caridad consiste en el favor sincero y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas materiales. No dudes que volverán las aguas a su cauce, por desmadradas que parezcan, es lo que tiene esta bendita sociedad de la información que tenemos la suerte de vivir. 

A mí me ha dado alegría ver el sentimiento de solidaridad producido ante la desgracia de la niña, aunque la necedad y la ignorancia culposa, como siempre, tiendan a campar por sus respetos... ancha es Castilla, decimos por aquí... Saluda a tu familia, y te agradezco tenerme al tanto de las “movidas” que os traéis; por fortuna nos queremos sinceramente, 

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