Así llegaréis a vuestra plenitud

Querido Efraín: Disculpa una vez más, a esta pobre monja, que vuelva sobre la trascendencia del hecho de haber bautizado, con cuatro años de edad, a ese orgullo de hijo tuyo, pero es que no es para menos. 

Hay cuestiones fundamentales como esta, que por la rutina social se “devalúan”, y pasan inadvertidas, confundidas, como si de una fiesta familiar de cumpleaños se tratase. Efraín, atiende: los que han llegado a ser hijos de Dios y dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo, poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo; son guiados por el Espíritu de varias maneras, y sus corazones son conducidos de modo invisible y suave. 

A veces, lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas, encendidos de amor hacia el mismo. Otras, el Espíritu Santo los inflama con una alegría y un amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos los hombres sin distinción de buenos o malos. Otras veces, experimentan un sentimiento de humildad que los hace rebajarse por debajo de los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables. 

Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable. Otras, son como un hombre valeroso que equipado con armadura regia y lanzándose al combate, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence; así también el hombre, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies. Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable. 

En otras ocasiones, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse. Y otras veces... no experimenta nada en especial. De este modo, el alma es conducida por la gracia a través de varios estados, según la voluntad de Dios que así la favorece, ejercitándola de diversas maneras, con el fin de hacerla íntegra e irreprensible ante el Padre celestial. Hemos de pedir a Dios, con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celestial del don del Espíritu, para ser gobernados y guiados por él según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación se puede llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Así llegaréis a vuestra plenitud.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.