Venga a nosotros tu reino

Querido Efraín: 

Si, como dice nuestro Salvador, el reino de Dios no ha de venir de modos espectacular, ni se anunciará que está aquí, o está en aquel lugar, porque el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está en los labios y sale del corazón. Cuando suplicamos que venga ese Reino, lo que pedimos es, que, lo que está adentro salga fuera, produzca fruto y progrese. 

Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los justos, ya que se someten a su ley espiritual, y así habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfeccionada por el Espíritu, está presente el Padre, y con él, Cristo reina en ella, de acuerdo con las palabras del Evangelio: “Vendremos a él. Y, en él haremos morada”. Este reino de Dios que está dentro de nosotros, llegará con nuestra cooperación a su perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino redimido, y así Dios será todo para todos. 

Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre qué está en los cielos: “Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino”. Con respecto al reino de Dios, hay que tener en cuenta, que, del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado. Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos para las cosas del Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros con Cristo, el cual se sentará entre nosotros hasta que todos sus enemigos que están en nuestro interior sean puestos derrotados a sus pies, y serán reducidos a la nada en nosotros todos los poderes y todas las fuerzas. 

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Desde ahora, este nuestro ser corruptible, debe revestirse de santidad, y nuestro ser, mortal ha de revestirse de la inmortalidad del Padre después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección. 

Os envío mis mejores deseos, y con la esperanza de que todos sigáis bien, recibir un cariñoso saludo, CTA

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