Acerca de la contemplación de la pasión del Señor

Querido Efraín: 

Acerca de la contemplación de la Pasión del Señor, que se puso en boga por una película en el año 2003, y de la que te interesa conocer la opinión de esta pobre monja, poco te puedo decir; no la he visto, a excepción de unos avances que figuran en esta maravillosa red de redes. 

Pero si puedo escribirte reflexiones, que son de siempre, sobre la verdad de este Misterio. El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, para reconocer en él nuestra propia carne. Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles, que son duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, han de salir de sus moradas. 

Como un anuncio de la resurrección futura, y lo que un día, ha de realizarse en los cuerpos, debe efectuarse ya, ahora, en los corazones. A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, nadie deja de ser auxiliado por la oración de Cristo. Si ayudó a sus verdugos, ¿cómo no va a beneficiar a los que se convierten a él? La sangre de Cristo suprimió aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La oscuridad de la vieja noche cedió ante la luz verdadera. Todo el pueblo cristiano es invitado a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto ante la fe del ladrón arrepentido. No dejemos que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de adaptarnos a nuestro Redentor con todo el impulso de nuestro corazón. No dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación. 

Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana, cuando acampó entre nosotros, ¿a quién excluyó de su misericordia, sino al infiel?... ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al mismo Espíritu por el que él fue concebido? Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades? ¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar alimento, buscar el descanso y el sueño, experimentar la tristeza y las lágrimas de la compasión es fruto de la condición humana del Señor? Nuestro es lo que, por tres días, yació exánime en el sepulcro y, al tercer día, resucitó; lo que ascendió sobre los cielos hasta la diestra de la majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse lo que manifiestamente proclamó: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.” 

La sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso, que es un gran bien para el hombre, también encierra un grave peligro, pues una vez turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien con el mal, no le queda al hombre o al grupo más que el interés propio, excluido el de los demás. De esta forma, el mundo deja de ser el espacio de una auténtica fraternidad, mientras el creciente poder del hombre, por otro lado, amenaza con destruir al mismo género humano. Si alguno se pregunta de qué manera es posible superar esa mísera condición, sepa que para el cristiano hay una respuesta: toda la actividad del hombre, que por la soberbia y el desordenado amor propio se ve cada día en peligro, debe purificarse y ser llevada a su perfección en la cruz y resurrección de Cristo. Pues el hombre, redimido por Cristo y hecho nueva criatura en el Espíritu Santo, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. De Dios las recibe y, por ellas hemos de dar gracias a nuestro Benefactor y, al disfrutar de todo lo creado --con pobreza y libertad de espíritu--, llega a posesionarse verdaderamente del mundo, como quien no tiene nada, pero todo lo posee. Todo es nuestro, nosotros de Cristo, y Cristo de Dios. 

Él es quien nos revela que Dios es amor y, al mismo tiempo, nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por consiguiente, de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor. En consecuencia, el esfuerzo por restaurar una fraternidad universal no es una utopía. Esta caridad no se ha de poner solamente en la realización de grandes cosas, sino, y principalmente, en las circunstancias ordinarias de la vida. 

Al admitir la muerte por todos nosotros, pecadores, el Señor nos enseña con su ejemplo que hemos de llevar también la cruz, que la carne y el mundo cargan sobre los hombros de quienes buscan la paz y la justicia. El Verbo, que por nosotros quiso serlo todo, nuestro Señor Jesucristo, está siempre cerca de nosotros, ya que él prometió: “Sabed que yo estoy con vosotros todos hasta el fin del mundo”. Y, del mismo modo que es a la vez pastor, sumo sacerdote, camino y puerta, ya que por nosotros quiso serlo todo, también se nos ha revelado como solemnidad, puesto que su persona era la Pascua esperada.

 En esto consiste el verdadero jubilo pascual, la genuina celebración de la gran solemnidad: en vernos libres de nuestros males y, para llegar a ello, tenemos que esforzarnos en reformar nuestra conducta y en meditar asiduamente, en la quietud del temor de Dios. ¿A quién hemos de tomar por guía? A Él y no a otro fuera de nuestro Señor Jesucristo, el cual dice: Yo soy el camino. Él es, como dice san Juan, el que quita el pecado del mundo; él es quien purifica nuestras almas, Confío consideres estas palabras como esclarecimiento de toda imagen que el hombre intenta hacer del gran Misterio de la Pasión.

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