El hombre recibe educación permanentemente

Querido Efraín: 

Afortunados los misericordiosos -dice la Escritura-, porque ellos alcanzarán misericordia. No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. Dice el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Se puede alcanzar la bendición, la condición de que nos llamen dichosos, ¿cómo? Siendo benignos. Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas a nadie lo que tanto se suele oír: Vuelve, que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización. Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora. Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo con entusiasmo y presteza. 

Quien reparte la limosna -dice el Apóstol- que lo haga con agrado; pues todo lo que sea premura hace que se te doble la gracia del beneficio que has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que, cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría. Si dejas libres a los oprimidos y rompes todas las cadenas, dice la Escritura; o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va a ocurrir? Algo grande y admirable. 

Un espléndido premio. Escucha: Entonces romperá la luz como la aurora sobre ti, y se te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia? Por lo cual, en quien nos necesita, visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo, darle de beber, o vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo suyo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y como la compasión supera en valor a todo lo imaginable, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de este mundo, nos reciba en los cielos el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien ha de ser dada la gloria por siempre. 

Quiero expresaros mis deseos para que los tiempos transcurran del modo más favorable para todos. Trasmite mis saludos que os hago llegar de corazón, CTA.

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