Reconoce, cristiano, la dignidad de la naturaleza

Querido Efraín: 

Al nacer nuestro Señor Jesucristo, sin dejar de ser Dios, realizó en sí mismo el comienzo de un nuevo origen y, dio al género humano un modo de vida espiritual. ¿Qué mente es capaz de comprender este misterio?... ¿qué lengua capaz de explicar semejante don? La iniquidad se transformó en inocencia, y la antigua condición humana quedó renovada; los que estaban alejados de Dios se convirtieron en hijos adoptivos y herederos suyos. Despierta, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios, y que, ésta, fue destruida en Adán, pero restaurada por Cristo. 

Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas, digno de admiración, conviértelo en motivos de alabanza para el Creador. Deja que tus sentidos corporales se impregnen de la auténtica luz que alumbra a todo hombre, y de la cual se ha dicho: Contempladlo, quedaréis radiantes. Somos templos de Dios y su Espíritu habita en nosotros, por lo que es más lo que cada creyente lleva en su interior, que las maravillas que contemplamos en el cielo. 

No quiero inducirte, con ello, a que desprecies las obras de Dios; las cosas buenas que ha hecho no son obstáculos para nuestra fe; todas se deben usar de modo racional y moderado. Sabemos, que, lo que se ve es transitorio, y lo que no se ve es eterno. Por consiguiente, puesto que hemos nacido para las cosas presentes y renacido para las futuras, no podemos entregarnos de lleno a los bienes temporales, sino que hemos de tender hacia los eternos. ¿Por qué no procuramos ayudarnos, unos a otros, con espíritu fraternal? “Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo”, y “sobrellevaos mutuamente con amor. En ello consiste, efectivamente, la ley de Cristo”, dice el Apóstol. 

Cuando observes un hermano con deficiencias incorregibles -consecuencia de necesidad o de enfermedad, física o moral-, hay que soportarlo con paciencia, y consolarlo de buen grado tal como está escrito: “Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán” Que no falte la caridad que todo lo aguanta, que es paciente y benigna en el amor. Tal es ciertamente la ley de Cristo, que soportó nuestros sufrimientos y dolores, amando a aquellos por quienes sufría, sufriendo por aquellos a quienes amaba. 

Por el contrario, el que hostiliza a su hermano que está en dificultades, sea cual fuere su debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Cualquier género de vida, mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, es agradable a Dios. El amor ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Es el principio y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es reprobable si se hace, en verdad, movido por amor y de acuerdo con él. Quiera concedérnoslo, de este modo, aquel a quien no podemos agradar sin amor, y sin el cual nada podemos, ¿Quién hay capaz de penetrar con su mente una sola frase de la Palabra de Dios? Como el sediento que bebe de la fuente, es mucho más lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta aspectos según la capacidad de los que la estudian. Escondió en su palabra variedad de tesoros para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse sobre cualquier punto en que concentrara su reflexión. 

La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó una bebida espiritual. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se apena porque no puede agotar la fuente. La fuente vence tu sed, pero tu sed no ha de vencer a la fuente, porque, si queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería perjudicial para ti. Hay que dar gracias por lo recibido y no entristecerse por la abundancia sobrante; es tu parte, y lo que ha quedado, tu herencia. 

Lo que no se puede recibir en un determinado momento lo recibiremos en otra ocasión, perseverando. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco. Estas cosas escriben los poco recordados Padres de la Iglesia, si lo transcribo de manera que me comprendáis, doy gracias a Dios. 

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