Dios no abandona a sus hijos

Querido Efraín: He pensado mucho estos días acerca de cuanto me cuentas de la felicidad que sientes al ver a tu hija, camino de ser mujer, dedicada con tanta ilusión y buenos resultados a sus estudios de piano en el colegio y lo legítimamente orgulloso que te sentiste durante el “concierto” que dio. 

Lo mismo que sientes al ver esas “obras” de arte que tu hijo pinta en el cuaderno en sus balbuceos escolares. También porque puedes ayudar a tu madre en un momento incómodo de salud que deseo sea pasajero, y por que tu trabajo, con todas sus zarandajas, te permite realizar una labor que además de gratificarte, resultará útil a los demás. ¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho? ¿Qué lenguaje será capaz de explicar adecuadamente los dones de Dios? Son tantos que no pueden contarse, y son tan grandes --y de tal calidad--, que uno solo de entre ellos merecería toda nuestra gratitud. Pero por fuerza he de referirme, a uno en particular, pues nadie que esté en su sano juicio dejará de hablar de él; se trata del más inefable de los beneficios divinos, y es el siguiente: 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del Paraíso y lo constituyó en rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la Ley, para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien. 

Reprimió, mediante amenazas, sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones con el ejemplo concreto de diversas personas, cual es el término reservado al bien y al mal. Y, aunque el hombre, después de todo esto, perseveró en su contumacia, no por ello se apartó de nosotros. La bondad del Señor no le dejó abandonado y, aunque en su insensatez despreció tales honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo Nuestro Señor Jesucristo; y la manera como lo hizo es lo que más admiración excita. 

En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, soportó sufrimientos y dolores como los nuestros, y sus cicatrices nos curaron; además, nos rescató de la maldición, haciéndose por nosotros un maldito, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana. 

No sé si me he sabido expresar, pero confío en que te pueda servir, a través de tus argumentos añadidos, para encontrar razones de tu felicidad, que ya sé que no completa; esa no existe en este mundo como bien se sabe, es parte de las promesas que tenemos todos que esperar a gozar. Espero tus correos con mucha ilusión, sé que de corazón aspiras a contribuir, desde tu esfuerzo, a que la verdad y la razón sean los elementos supremos de relación entre los hombres. Saludos para toda la familia, 

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.