El misterio de la muerte

Querido Efraín: 

¿No crees que el enigma de la condición humana alcanza su vértice ante la evidencia de la muerte?. El hombre no sólo siente la tortura del dolor y el progresivo deterioro de su cuerpo, sino también, y mucho más, se atormenta por el temor de un definitivo aniquilamiento. 

El ser humano piensa bien cuando por instinto, rechaza la idea de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí, al no poderse reducir a la sola materia, se subleva contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar esta ansiedad del hombre; porque la prolongación de una longevidad biológica no satisface esa hambre de vida posterior que, inevitablemente, lleva enraizada en su corazón. 

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la divina revelación afirma que el hombre ha sido creado para un destino feliz que sobrepasa las fronteras de la vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la muerte corporal, de la que el ser humano estaría libre si no hubiera pecado en su origen, será vencida cuando el Salvador devuelva al hombre lo que él mismo perdió culpablemente.

 Esta victoria la consiguió Cristo cuando resucitó a la vida y liberando al hombre de la muerte con la suya propia. La fe, por consiguiente, apoyada en sólidas razones, está en condiciones de dar la respuesta al angustioso interrogante sobre su porvenir; y, al mismo tiempo, le ofrece la posibilidad de unión --en Cristo-- con los seres queridos que ya fallecieron. Lo anterior es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para los hombres de buena voluntad, y en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible; puesto que Cristo murió por todos y una sola es la vocación de los hombres, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de los beneficios de la Redención. Éste es el gran misterio del hombre, que, para los creyentes, está iluminado por la revelación cristiana. Es Cristo quien ilumina el enigma del dolor y de la muerte, y, fuera de Él, esa verdad aplasta. 

Todo lo padeció para que alcanzáramos la salvación; y sufrió verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo. Después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, y sigue teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: "Tocarme y palparme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo". Y lo tocaron y creyeron, lo que les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte. Después de su resurrección, el Señor "comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso". 

Dios se hizo hombre para que, éste, se hiciera hijo de Dios por adopción. En efecto, no hubiéramos podido recibir la incorrupción y la inmortalidad, si no hubiéramos estado unidos al que es la incorrupción y la inmortalidad en persona. ¿Y cómo hubiésemos podido unirnos a él si antes no se hubiese hecho uno de nosotros, para que recibiésemos esa filiación adoptiva? Este Señor y Dios nuestro también es Hijo del hombre, ya que tuvo una concepción humana a partir de María, la cual pertenecía a nuestra raza. Así, del mismo modo que la cabeza resucitó de entre los muertos, también todo el cuerpo (es decir, todo hombre que participa de su vida, cumplido el tiempo de su condena, fruto de su desobediencia) resucitará. 

El mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, y necedad para los paganos, mas para nosotros, salvación. Porque el que moría por todos no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. No perdió la vida coaccionado, ni murió a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dejó dicho: "Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla". El que sufría no era un hombre vil, sino Dios humanado. Los que han llegado a ser hijos de Dios y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible por la acción de la gracia. 

A veces lloran y se lamentan, o, por el contrario, el Espíritu Santo los inflama de alegría y de un gozo inefable. Otras veces, experimentan un sentimiento de humildad que los hace rebajarse por debajo de los demás hombres, teniéndose por los más miserables. En ocasiones, son como un hombre que pelea con valentía contra sus enemigos, y los vence. Hay momentos en que el alma descansa en gran silencio, tranquilidad y paz, con un excelente optimismo, bienestar, y sosiego inefable. También el Espíritu le otorga inteligencia, sabiduría y conocimiento difíciles de explicar, y otras veces, no experimenta nada en especial. 

Más vale el hombre por lo que es, que por lo que tiene. Todo lo que el hombre hace para conseguir una mayor justicia, una más extensa fraternidad, un orden más humano en sus relaciones sociales, vale más que el progreso técnico. Porque éste puede ciertamente suministrar el material para la promoción humana, pero no es capaz de hacer, por sí solo, que esa promoción se convierta en realidad. De ahí que la norma de la actividad humana es responder al auténtico bien del género humano y constituir para el hombre, individual y socialmente considerado, un enriquecimiento y realización de su vocación. 

Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que una más estrecha vinculación entre actividad humana y religión, sea un obstáculo a la autonomía del hombre, de las sociedades o de la ciencia. Si por autonomía de lo terreno entendemos que las cosas y las sociedades tienen sus propias leyes y su propio valor, y que el hombre debe irlas conociendo, y sistematizando paulatinamente, es legítima esta exigencia de autonomía, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que responde además a la voluntad del Creador. Pues, por el hecho mismo de la creación, todas las cosas están dotadas de una propia consistencia, verdad y bondad, de propias leyes y orden, que el hombre está obligado a respetar, reconociendo el método propio de cada una de las ciencias o artes. 

Por esto, hay que lamentar ciertas actitudes que a veces se han manifestado entre los mismos cristianos, por no haber entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia, actitudes que, por las contiendas y controversias que de ellas surgían, indujeron a muchos a pensar que existía una oposición entre la fe y la ciencia. Pero, si la expresión "autonomía de las cosas temporales" se entiende en el sentido de que la realidad creada no depende de Dios y de que el hombre puede disponer de todo sin referirlo al Creador, todo aquel que admita la existencia de Dios se dará cuenta de cuán equivocado es este modo de pensar. La criatura, en efecto, no tiene razón de ser sin su Creador. Disculpa esta larga reflexión epistolar, no he sabido abreviar más. 

Saludos para todos, CTA.

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