
¿A quién se parece el hombre?
Querido Efraín:
Disculpa que esta pobre monja sea hoy la que te plantea una comprometedora cuestión de gratitud. ¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho? ¿Qué lenguaje es capaz de explicar, adecuadamente, los dones de Dios? Son tantos, y tan diversos, que no pueden contarse, y son tan grandes y de tal calidad que uno solo de ellos merece todo nuestro reconocimiento.
Pero, sobre todos, hay uno al que por fuerza tengo que referirme; nadie que esté en su sano juicio dejará de hablar de él, aunque se trate en realidad del que de todos los beneficios, no hay palabras para explicarlo; es el siguiente: “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación.
Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por el altivo demonio, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la Ley bíblica, para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas, para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió, mediante amenazas, sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cual será el término reservado al bien y al mal. Y, aunque nosotros los hombres, después de todo esto, perseveramos en nuestra contumacia, no por ello se apartó de nosotros.
La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo; y la manera en cómo lo hizo es lo que más excita la admiración humana. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.
Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue traspasado por nuestras rebeliones, sus cicatrices nos curaron; además, nos rescató de la maldición, haciéndose por nosotros un maldito, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana.
Recibir todos mis cordiales saludos, CTA