
¿Sacrificarse por alguien?
Querido Efraín:
Te preguntas en tu última carta el sentido que tienen, hoy día, ciertas incomodidades, por todos conocidas como sacrificios. ¡Qué sacrificada es Fulanita!, ¡los sacrificios que hay que hacer...! o, sacrificándome mucho... ¿Vale la pena tanto “sacrificio”? ¿Es actualizada esta siempre incómoda situación? Hay que partir de la base, en primer lugar, de que Dios no necesita de nuestros sacrificios para nada; es el hombre que ofrece algo que le cuesta, y de lo que se desprende, quien resulta glorificado en ello, con tal de que sea aceptada su ofrenda, y, así es como su persona se enaltece.
Las ofrendas que se hacen a quien consideramos en más alta posición que nosotros, son una muestra de honor y de afecto. ¿Cómo debemos ofrecer esos sacrificios? El Señor nos recordó, que, con toda sinceridad e inocencia, al decir: “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve para presentarla”. Hay que ofrecer a Dios lo que más prefiere de toda su creación, como dice Moisés: “No te presentarás al Señor, tu Dios, con las manos vacías”.
De este modo, el hombre, resulta grato en las mismas cosas que a él le son agradables, y así resulta honrado por parte de Dios. No hemos de pensar que hayan sido abolida toda clase de donaciones, pues continúan en vigor, ahora, como antes: el antiguo pueblo de Dios ofrecía sacrificios, y lo seguimos haciendo. Lo que ha cambiado es la forma en que se hacen, puesto que quienes los ofrecen ya no son siervos, sino hombres libres.
El Señor es el mismo, pero es distinto el carácter del sacrificio; cambia porque quien lo hace no es un siervo, sino un hombre libre. De este modo, el sacrificio demuestra, y evalúa a la vez, el grado de libertad. Por lo que se refiere a Dios, nada hay sin sentido, nada que no tenga significado y razón de ser. En la antigüedad se le consagraba la décima parte de los bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, aun los de más valor, con libertad y alegría, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella viuda pobre del Evangelio.º
Por lo tanto, presentemos nuestra ofrenda a Dios para que le seamos gratos en todo, ofreciéndole, con mente sincera, con fe sin mezcla de engaño, con firme esperanza, con amor ferviente, lo mejor de la creación. Le ofrecemos lo que es suyo, significando con ello, nuestra unión y mutua concordia, y proclamando nuestra fe en la resurrección de la carne y del espíritu. Los sacrificios siguen teniendo sentido, sin olvidar que el mismo Dios también ha dicho: “Misericordia quiero, y no sacrificios”, como si le resultara de mayor agrado la compasión por los que sufren, para que reciban ayuda y alivio.
Recibir mis saludos más afectuosos, CTA.