¿Que "justicia" al hombre?

Querido Efraín: 

Deseo contarte que por la fe que recibimos, Dios es la causa de que no seamos extraños, ni censurables, o culpables, ante él (es lo que se llama “justificar” en lenguaje docto), desde el principio de los tiempos, esos tan remotos, que se escapan a la percepción humana. Por esa “justificación” alcanzada, hemos de hacernos dignos de su bendición y buscar el camino que conduce a ella. ¿Que cosas sucedieron en el principio de los tiempos? ¿Cómo obtuvo nuestro padre Abrahán esa misma bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, sabiendo lo que le esperaba, se ofreció confiada y voluntariamente al sacrificio. Jacob, en el tiempo de su desgracia, marchó de su tierra a causa de su hermano, y llegó a casa de Labán, poniéndose a su servicio; y se le dio el cetro de las Doce tribus de Israel. 

El que considere con cuidado cada uno de estos casos, comprenderá la magnitud de los dones que Dios concede. De Jacob, en efecto, descienden todos los ministros al servicio del altar de Dios; de él desciende Jesucristo, según la carne, y de él, a través de la tribu de Judá, reyes, príncipes y jefes del Antiguo Testamento. Y, en cuanto a las demás tribus de él procedentes, no es poco su honor, ya que el Señor le prometió: “Multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo”. 

Vemos, pues, cómo todos éstos alcanzaron gloria y grandeza no por sí mismos, ni por sus obras, ni por sus buenas acciones, sino por el beneplácito divino. También nosotros, convocados por los méritos y promesas del Salvador, somos “justificados”, no por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia, ni por nuestra piedad, ni por las obras que hayamos practicado con integridad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso “justificó” a todos desde el principio; a él sea dada toda la gloria por los siglos de los siglos.

 ¿Qué hacer, pues? ¿Cesar en nuestras buenas obras dejando de lado la caridad? No permita Dios tal cosa en nosotros, antes bien, con prontitud y celo de espíritu, hay que apresurarse a practicar toda clase de obras buenas. El mismo Hacedor y Señor de todo lo que existe, se alegra por ellas. Él, en efecto, con su máximo y supremo poder, estableció los cielos y los embelleció con sabiduría inconmensurable; él fue, también, quien separó la tierra firme del agua que la cubría por completo y la afianzó sobre el cimiento inamovible de su propia voluntad; él, con sólo una orden de su voluntad, dio la vida a los animales que pueblan la tierra; él también, con su poder, puso límites al mar y encerró en él a los animales que lo habitan, después de haberlos hecho a todos. 

Además de todo esto, con sus manos sagradas, plasmó al más excelente de todos los seres vivos; el más elevado por la dignidad de su inteligencia, el hombre, en el que dejó la impronta de su imagen. Así, en efecto, dice Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Y creó Dios al hombre, como varón y mujer. Y, habiendo concluido todas sus obras, las halló buenas y las bendijo, diciendo: Creced y multiplicaos. 

Démonos cuenta, por tanto, de que todos los justos estuvieron colmados de buenas obras, y de que el Señor se complació en las mismas. Teniendo semejante modelo, hay que darse con atención al cumplimiento de su voluntad, poniendo todo nuestro esfuerzo en practicar el bien. No sabes cuanta es la alegría que siento de recordar estas cosas, que, como bien sabes, entresaco de mis viejos papeles bajo la luz del Espíritu, el mismo “desconocido” que nos ilumina generosamente a todos.

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