
Un defensor para todos, el Espíritu de la Verdad
Querido Efraín:
Tal día como hoy, el pueblo judío recordaba la entrega de los Mandamientos a Moisés en el Sinaí; la Pascua de “Pente-costés”, cincuenta días después de la Pascua del Cordero. Nuestra Madre María, junto a los Apóstoles, recibió el Espíritu Santo también cincuenta días después de la Resurrección de Cristo, el Domingo de Pascua. Esto es lo que se celebra, eso significa Pentecostés. ¿De qué “espíritu” se trata cuando se lee con mayúsculas? El Espíritu Santo es una nueva clase de agua que corre.
Sabes que el agua de lluvia resulta imprescindible para los hombres, la hierba y los animales; que desciende del cielo siempre igual, y, sin embargo, produce efectos diferentes, según la especie. No tiene más que un modo de ser; por eso no transforma, sino que favorece según la naturaleza de cada ser. También el Espíritu Santo, que es único, con un solo modo de ser, reparte a cada uno la gracia. Al igual que un tronco seco recibe agua y reverdece, el alma digna del Espíritu, produce frutos buenos. Se muestra diferente en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo: “En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.”
Llega mansa y suavemente, como una fina fragancia; rayos de luz y de conocimiento lo anuncian. Viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, y a iluminar el alma de quien lo recibe, y, mediante éste, las de los demás. Quien se mueve en tinieblas, al recibir la luz del sol en sus ojos, es capaz de ver lo que poco antes no distinguía; del mismo modo, quien se hace digno del don del Espíritu Santo es iluminado en su alma, y llega a percibir lo que antes ignoraba. Es denominado Espíritu de Dios, Espíritu de verdad que procede del Padre, Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo, o Espíritu simplemente.
Es luz para la inteligencia, y da a todo ser racional una luz para entender la verdad. Inaccesible por naturaleza, por su bondad se deja comprender; lo llena todo, pero se sólo comunica a quienes le reciben, no de manera idéntica, según la proporción de fe. Es simple en su esencia y variado en sus dones. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien lo disfruta como si fuera único, y en el aire, ilumina el mar y la tierra entera. Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, distribuye gracia abundante en la medida en que lo requiere su naturaleza. Por el Espíritu, los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él llegan a la perfección.
Del mismo modo que el cuarzo se vuelve brillante cuando recibe un rayo solar y despide como una nueva luz, las personas portadoras del Espíritu Santo se vuelven espirituales y transmiten gracia a los demás. De esta unión con el Espíritu procede el conocimiento de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, la asociación con los ángeles; de aquí proviene lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios. Consumada la obra que el Padre Eterno confió a su Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés y, de este modo, los que creen en Cristo pueden acercarse al Padre. Es el Espíritu de la vida, y se manifiesta en cada uno para el bien común.
El tiempo más oportuno para la irrupción en nosotros del Espíritu, fue el que siguió a la marcha de nuestro Salvador, así continuó habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo podemos llamarle "Padre", y hacer frente al maldito y a las persecuciones de los hombres, contando con la fuerza del Espíritu. No es difícil percibir como transforma el Espíritu a quienes le reciben: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza, de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez espiritual. El Señor mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La palabra del Señor nos describe la acción del Espíritu: “Yo le pediré al Padre que os dé un Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.” Al recibirlo se nos da un conocimiento más profundo, porque del mismo modo que nuestro cuerpo, cuando se ve privado de estímulos, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos sin luz, los oídos sin sonido, y el olfato, cuando no hay olor, no ejercen su función propia, no por que dejen de existir por falta de estímulo, sino porque necesitan provocación para actuar), así también nuestra alma, si no recibe el Don que es el Espíritu, tendrá una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento.
El Don de Cristo se da a proporción del deseo y los méritos de cada uno. . Celebremos todos estas cosas como miembros de la unidad del cuerpo de Cristo, sobrellevándonos con cariño, manteniéndola con el amor y de la paz. Recibir, todos, mis entrañables saludos, CTA.