Ansiedad por el deseo de bienes

Querido Efraín: 

En lo profundo del hombre sincero, existe un sentimiento de alabanza a Dios que es expresión de agradecimiento; por lo que le dio, le ha evitado, o conserva; por aquello que pudiendo ocurrir, no ocurre; por agrados, o consuelos, etc. Así, toda la vida presente ha de transcurrir en alabanza suya, ya que sólo en la vida futura existirá la alegría para siempre; y nadie puede hacerse digno de esa vida, continuación de esta, si no cultiva ese reconocimiento. 

Nuestro modo permanente de alabarle incluye, de modo natural, tanto la alegría como el diálogo con él, y la súplica permanente... ¿quién no alberga deseos?. Eso ocurre porque se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, cómo el que ha hecho esa promesa es justo y veraz, nos alegramos por la esperanza de recibirlo; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena permanecer en este deseo constante, hasta que llegue –porque ha de llegar--; entonces cesará la súplica y subsistirá únicamente la alabanza. 

Estos dos momentos de la existencia del hombre; el presente --que se desarrolla en medio de esta vida--, y el futuro, en que gozará para siempre de seguridad y alegría, se reflejan en un doble tiempo: el de antes y el de después de la Pascua. El que la precede significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora representa la felicidad que poseeremos. Por tanto, antes de la Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de ella sentimos ansiedad por lo que todavía no poseemos. 

En aquel que es nuestra cabeza, Jesús, se halla figurado y demostrado, este doble tiempo. La Pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente en la que se padecen fatigas y tribulaciones, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es evidencia de la vida que se nos dará . Ese elogio es lo que expresamos mutuamente cuando nos decimos unos a otros: ¡Alabad al Señor!, o, ¡Bendito sea!; y, así, todos hacen aquello a lo que se animan mutuamente. Entiendo que hay que procurar alabarlo con toda nuestra persona, esto es, no sólo con la lengua, sino también desde el interior, con la vida y acciones. Sin embargo, es fácil elogiarlo cuando nos reunimos públicamente; y, cuando volvemos a casa parece que lo interrumpimos. 

Pero, si proseguimos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabarle cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si no te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que oímos nuestra propia voz, así los oídos de Dios escuchan permanentemente nuestros pensamientos de toda clase.

 Recibir, todos, mis saludos, C.T.A.

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