Vivir en un día sin noche, sin ocaso

Querido Efraín: 

Recupero esta correspondencia respondiendo a tu carta después del viaje que has hecho a Puebla (Mex,), esa ciudad tan querida como admirada para mí, y en la que has reconocido cosas de tu Guatemala. ¿Qué sentido tiene la espiritualidad del cristiano, “nuestro” modo humano de ver las cosas, nuestra forma de ser? A todos nos alcanza la misericordia divina y con ella el mundo se ha salvado; esa confianza es la que llena de optimismo, aunque, a veces, parezca que la tierra se mueve bajo nuestros pies. 

Formamos un solo cuerpo y somos miembros los unos de los otros, y es Cristo quien nos une mediante los vínculos de la caridad como está escrito: “Él ha hecho de los pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio”. Si Él ha abolido la vieja ley, conviene, pues, que tengamos un mismo sentir: si un miembro sufre, los demás sufran con él, y si uno es honrado, todos han de alegrarse. “Acogeos mutuamente --dice el Apóstol--, como Cristo os acogió”. Nos acogeremos si nos esforzamos en tener un mismo sentir; llevando los unos las cargas de los otros, conservando la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. No engaña el que dice: “Tanto ama Dios al mundo, que le entregó su Hijo por nosotros”. Fue entregado, en efecto, como rescate para la vida de todos, y fuimos redimidos y arrancados de la muerte y del pecado. 

Dios había prometido a los patriarcas que “bendeciría en su descendencia futura y los multiplicaría como las estrellas del cielo”, por esto hubo un tiempo en que tuvimos entre nosotros, como hombre normal y perfecto, a quien era Dios --y su Palabra--; el que conserva toda cosa creada se comunicó para que le entendiésemos. Vino a este mundo, “mas no para ser servido, sino, al contrario, para servir”, y entregar su vida por la redención de todos. 

De este modo nos alcanzó la misericordia, sin excluir a los paganos, y en efecto, fue salvado todo el mundo. Cristo, es el día sin ocaso. Resucitando destruyó el poder del abismo, los bautizados renuevan la tierra, y el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, con sus puertas destruidas, devuelve los muertos, la tierra germina resucitados, y el cielo, abierto, acoge a los que se van de nuestro lado en el amor de Dios. El ladrón es admitido en el paraíso, y los muertos viven para siempre. El abismo devuelve a los que tiene cautivos, la tierra envía al cielo a los sepultados en su seno, y el cielo recibe a los que han subido desde la tierra. 

La pasión del Salvador nos extrae del abismo, y nos coloca en lo alto de los cielos. La luz de Cristo es día sin noche, día sin ocaso. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para cuantos han pecado, y gloria para los santos. Escucha al Apóstol: “este día es el mismo Cristo”. La noche avanza, dice, porque no volverá más. Entiéndelo bien: una vez que ha amanecido la luz de Cristo, huyen las tinieblas que rodean al “maldito por altivo” –el demonio--, y desaparece la negrura del pecado; el resplandor de Cristo destruye la tenebrosidad de las culpas pasadas. Así como no hay noche que siga al día celeste, del mismo modo las tinieblas del pecado no pueden continuarse en la santidad de Cristo. 

El día celeste resplandece, brilla, fulgura sin cesar y no hay oscuridad que pueda con él. La luz de Cristo luce, ilumina, resplandece de continuo y las tinieblas del pecado no pueden con ella: por ello dice el evangelista Juan: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron”. Que nadie se sustraiga del gozo a causa de la conciencia de sus pecados, que nadie deje de participar en la oración del pueblo de Dios, a causa del peso de sus faltas. Ninguno, por pecador que se sienta, deje de esperar el perdón en día tan santo. Si el ladrón obtuvo el paraíso, ¿cómo no va a obtener perdón el cristiano? Estas son las señales que nos han sido reveladas y sucedidas en hechos ante nuestros ojos. Esta es nuestra señal de identidad y con la que, por fortuna y misericordia divina, vivimos a lo largo de un día sin noche.

 Todo es luminosidad, un privilegio graciosamente otorgado para disfrutar con humildad y amor. Mis saludos para todos, CTA

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