Querido Falces
Vaya faena nos has hecho, Pascual. Se suponía que ibas a seguir con todos nosotros en esta aventura de Aragón Liberal muchísimo tiempo más, como mínimo hasta que superáramos en lectores a Pedro J. Nos hemos quedado sin editor, maestro, compañero, cómplice y amigo. Y sin tiempo para hacernos a la idea. Ya ves, te confieso que hoy me he sorprendido abriendo la cuenta de correo a la que solías escribirme, todavía sin poder asumir que la conversación que tuvimos el domingo fue la última.
Como tú decías a veces, este es un país de gilipollas. Las mentes lúcidas como la tuya escasean tanto como los libros en la casa de Bibiana Aído. Y aun así, nunca lo hubieras abandonado. Recuerdo que un día te contaba que estaba harto y que me veía emigrando. Tú me respondiste, con una sencillez apabullante: "Pues fíjate, yo no sé lo que hubiera hecho en un país como Estados Unidos. La verdad, lo mejor que me ha pasado en la vida sucedió en España: conocer a mi mujer y tener a mis hijos". Ha sido una constante histórica: España, especialista en devorar vástagos geniales, nunca se ha merecido a los hombres como tú, que aun así le han dado todo.
Te hacía gracia escuchar aquello de que aprendí a leer a los 17 años. Pues espera a oír algo mejor: hasta que no te cruzaste en mi camino, no aprendí a disfrutar escribiendo, a recrearme contando libérrimamente mi manera de ver el mundo. Tú me diste la oportunidad. "Escribir una novela no tiene mucho sentido", me solías confesar. "Siempre hay alguien que lo hará mejor.
Está Balzac. Está Pío Baroja. Está Dostoievsky. Sin embargo, un artículo de periódico...puede llegarse a escribir un artículo incluso tan bien como un Marañón. Ahí está el reto, solo hay que lanzarse. Nunca te arredres ni dejes de escribir". También tú fuiste escritor tardío, pero Dios... qué poco tenías que envidiar a tu querido Marañón. Me enseñaste la ventana desde la que trabajabas y la montaña que se veía desde ella y allí nos quedamos un buen rato, saboreando el momento, como si quisieras transmitirme toda la paz que te proporcionaba escribir. "Tenemos muchas cosas en común", decías. Puede que alguna sí. Liberales e idealistas los dos somos, y así nos va. Los dos lejos de nuestra tierra, también. Y a pesar de eso, los dos la llevamos en el alma.
Por Esperanza, hasta el culo pondríamos. Y a Mariano, por el culo. Pero eso sí, a Zapatero...ay, a Zapatero lo que le haríamos....Y por la longaniza de Binéfar, mataríamos. Pero tú sobre todo eras un buen hombre, recto, entrañable, leal, al que en algún Cardiorollo debieron detectar una vez que el corazón no le cabía en el cuerpo.
Se nos han quedado tantas cosas en el tintero... ese cocido que teníamos pendiente, invitarte a mi casa, que conocieras a esa chica de la que tanto te hablaba, y a Lalo, que se ha comprado un perro para ligar en el vecindario con las separadas, poder darte al menos un último abrazo fortísimo. Descansa en paz, amigo. En estas dos páginas con que semanalmente intentabas embridar mi incontinencia verbal no puedo darte todas las gracias que mereces.
Tampoco soy capaz de responderme por qué la vida ha querido que tu compañía fuera tan breve. Lo único que puedo hacer para seguir tirando es decirme que conocerte fue una bendición.
Arturo de Santiago
