Pascual Falces de Binefar

Inquietudes de inicio del ejercicio

(Fragmentos de las memorias de EUTICO –UNA LÁPIDA VIVA-, inéditas y escritas por el Dr. L. Martínez-Osorio en 1986.  PUBLIO SICINIO EUTICO fue un médico privilegiado que nació en Grecia a mediados del siglo I después de Cristo.  Estuvo vinculado como es­clavo liberto a la familia del patricio romano PU­BLIO SICINIO, se desarrolló profesionalmente con notable fama y prestigio en Roma capital y vino a morir, de manera inexplicable, en un determinado lugar de España.) 

                                                                        =======================                 

 Un compañero de mi padre, de nombre PARMENIDES, era la única persona en quien buscaba su atención y con­suelo, en cuantos acontecimientos y roces desagradables surgían.  No solía darme casi nunca la razón.  Me aconsejaba aceptar las cosas como eran.  Yo no tenía poder, ni estaba encargado por nadie para cambiar el estado de la Medicina en Pérgamo: "¿Ganas dinero?  ¿No tienes ya una buena cli­entela?  Además, te han reconocido tus trabajos en la Academia: ¿qué más quieres, EUTICO?  Los demás nos con­formamos, y estamos agradecidos a los dioses que nos permiten vivir bien de este oficio, que no es más que otro."  "Tú, particularmente, debes te debes estar haciendo de oro", añadió. Esta última suposición o afirmación, me molestó; yo nunca he ejercido por dinero.  Me agradaba mucho tener una apreciable clientela, pero lo sentía como un reconocimiento de mi valía profesional, nunca como un me­dio de enriquecimiento.  Incluso me podía sentir ofendido si adivinaba que alguien pudiera pensar eso de mí,  porque nuestra profesión, en ocasiones, permite vivir con desahogo, pero muy pocas veces enriquecerse.  

            No podía comprender mis sinsabores.  Con gran afecto me aconsejaba que quitara de mi cabeza tantas inquietudes y que espera­se mi turno para llegar a ser "alguien" consagrado en Pérgamo.  Paseando juntos una tarde por el magní­fico Jardín de la Reina, convertido por los romanos en jardines públicos, me habló de esta manera: "Cada vez estás más relacionado.  Creo que te han propuesto para ocu­par un escaño en la Academia.  ¿Entonces?  No creas que aquí las cosas sean peores que en  otros lugares.  Tienes demasiado sentido de la filantropía.  También yo lo te­nía a tu edad, pero mira, hay que saber vivir y adaptarse a lo que hay.  ! Todavía eres muy joven, se te nota ¡…  Hay que escoger unas cosas y renunciar a otras...  Deja que pasen algunos años y verás como cambias..."  Recibí con aparente resignación todas aquellas recomendaciones, por que la vida ya me había enseñado que si en algo está dispuesta la gente a ser pródiga y a dar con absoluta liberalidad, son los consejos.

              "Me preocupas.  ¿Por qué no te esfuerzas en adaptar­te?  En poco tiempo más, estarás situado y se terminarán tus afanes que tantos disgustos te dan.  Te comprendo y disculpo, pero no nos hagas cul­pables a los demás de tus propias insatisfacciones.  Mira, yo mismo estoy cansado y tengo ganas de dejarlo todo.  Estoy viejo, no tengo hijos varones y he pensado en ti para que te vayas ocupando de mi iatreion.  Descansa y haz que se apague ese fuego que dices te consume.  No enjuicies tanto y acepta las cosas como están.  Tienes un éxito reconocido con las mujeres, yo lo sé.  Te puedes permitir viajar y conocer mundo.  Aprovecha que no estás sujeto para disfrutar de la vida.  La dicotomía no es tan mala.  Nos da trabajo a todos y los enfermos están más contentos.  ¿No quieres hacerla?  Pues no lo ha­gas.  Rela­ci­nate sólo con los que piensan como tu; no eres el único.  ¿Cuantos compañeros querrían estar como tu?  ¿No  crees que eres un tanto injusto?"  y así inten­aba, con su mejor deseo, que mis nervios se aplacasen y consolidase mi vida profesional entre las inamovibles estructuras de Pérgamo.  Pero no existe actuación más nefasta de las personas adultas que la de intentar apagar los ardores juveniles.                Pero los manda­tos inculcados en Kos turbaban mi cabeza.  Todo oficio hacia el que nos impulsa una vocación que no busca estrictamente beneficios alimenticios es un hermoso oficio, pero la medicina en Pérgamo había entrado en una pendiente que en su mayor parte, había franquea­do algunas de las puertas que nunca se regresa, y yo me veía reflejado en aquel espejo, por lo que se apoderó de mi una soledad definitiva.  Seguro que mi padre no hubiera aceptado ese conformismo.  A veces, entre sueños, lo veía señalando con su mano otro ca­mi­no solitario y distinto para el resto de mi vida.  "Hay una forma de ejercer más cómo­da, repetía PAR­MENI­DES.  Acepta cuanto te venga.  ¿Quién te has creído que ere­s?,  y si buscas otro ca­mino, peor; aquí ya nos conoces.  Vete a saber que vas a encontrar por ahí.  O ¿es que te crees con fuerza para dar un giro a la medicina?  Fíjate y aprende del hijo de FUNECIO.  No seas soberbio y creas que sabes hacer las cosas mejor que nadie.

"              ANALICÉ LO ESCUCHADO Y VI QUE NO ERA UNA CUESTIÓN DE SO­BERBIA POR MI PARTE.  ERA ALGO MUY DENTRO DE MI LO QUE NO CESABA DE BROTAR INSATISFACCIÓN.  ¿QUÉ HACER?  ¿POR DÓNDE SEGUIR?  ¿DE VERDAD MERECÍA LA PENA TODO EL ESFUERZO APLICADO HASTA ENTONCES, PARA CONTI­NUAR DENTRO DE AQUELLA CIRCUNSTANCIA?  EN ALGÚN LUGAR CONCRETO DE MI PEN­SA­MIENTO DEBÍA ENCONTRARSE LA RES­PUESTA PARA AQUELLA DESAZÓN.  NO PODÍA RENDIR MÁS DENTRO DE AQUEL AMBIENTE DE DECEPCIÓN.  MI INTERÉS POR EL ARTE, QUE SE HALLABA RECORTADO Y A LA VEZ PUJANTE DE NUEVAS REALIDADES, SE REMOVÍA POR ROMPER EN OTRAS DIRECCIONES.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.