
Mara Gómez Avellaenda
Grandes genios del arte - Murillo
Amanece en Madrid, un día espléndido, ¡maravillosamente otoñal! Una vez que organizo mi hogar, salgo a la calle, dirigiendo mis pasos, al Monasterio de las Descalzas; ya estoy en su interior.
Me gusta venir de vez en cuando, me siento bien en este lugar. El Monasterio ocupa el antiguo palacio, donde residieron Carlos I e Isabel de Portugal, y donde nació en 1535, su hija doña Juana; la cual está sepultada en una capilla, que en breves momentos me dirigiré a contemplar.
Observo que en la clausura, se conserva la estructura, y muchos elementos decorativos del palacio plateresco. Sigo contemplando, que ya en el siglo XVII se conservan pinturas al fresco, tanto en la escalera como en la Capilla del Milagro. Destacan los tapices tejidos en Bruselas, sobre cartones de Rubens, representando la Apoteosis de la Eucaristía, que fueron encargados para este Monasterio, por la hija de Felipe II, la infanta Isabel Clara Eugenia, Gobernadora de los Países Bajos.
Decido salir del Monasterio y dirigir mis pasos al Museo del Prado. Hoy, dedicaré mi jornada matinal, a saborear, a enriquecerme, con la gran obra pictórica que nos dejó, BARTOLOME ESTEBAN MURILLO. Al entrar en el Museo del Prado, me agencio un catálogo, correspondiente a algunas de sus obras. Advierto, en las obras pictóricas que contiene, la constante presencia de la “figura infantil”.
Esta circunstancia no es casual, y debe intentar expresarse, a través de la propia experiencia vital del pintor, que fue el menor de catorce hermanos, y por lo tanto, hubo de vivir en un hogar, protagonizado por el bullicio infantil.
Por otra parte, de su matrimonio con Beatriz Cabrera, nacieron al menos, diez hijos; que igualmente, salpicaron de presencias infantiles, la madurez del pintor. A pesar de tener tantos hijos, debido a la mortalidad infantil de la época, sólo sobrevivieron dos; que llegaron a acompañarle, en los momentos de su vejez. Bartolomé Esteban Murillo, nace el 31 de diciembre de 1617 en Sevilla, y muere el 3 de abril de 1682 en Cádiz. Fue un pintor español del siglo XVII.
Es una de las figuras, más importantes de la pintura barroca española. El primer cuadro, que contemplo, es…SAGRADA FAMILIA DEL PAJARITO; este cuadro, es uno de los más populares de toda la producción de Murillo. Se remite a su primer estilo. La influencia del tenebrismo y la impronta de pintores como Ribera y Zurbarán, se hace palpable.
Narra una escena de recogimiento y laboriosidad familiar. San José, ha detenido su trabajo y juega con el niño, ante la atenta mirada de la Virgen María, que con el ovillo en la mano, trabaja ante la devanadera. El Niño Jesús, sostiene en la mano, un pajarito, lejos del alcance de un perro faldero, que levanta su pata delantera.
Me conmueve, el espíritu familiar de la escena, la mirada amorosa de los padres, a su hijo. El siguiente cuadro que contemplo, es LA ADORACION DE LOS PASTORES. La escena, está iluminada con fuerza, desde el ángulo superior izquierdo, concentrándose la luz, en la hermosa pareja de la Virgen, y el Niño. Mi alma, se inunda de ternura, al observar las figuras de los pastores, y de San José, como miran a la Virgen y al Niño.
En primer plano, un pastor arrodillado, con las plantas de los pies polvorientas y arrugadas, al modo de Caravaggio. Me llama poderosamente la atención, las gallinas y el cordero, en donde Murillo deja latente, su gran habilidad, como pintor de animales; faceta que cultivará, durante toda su vida, desde un punto de vista, puramente anecdótico y pintoresco. Me detengo ante el lienzo de SANTA ANA, ENSEÑANDO A LEER A LA VIRGEN.
El tema, muy querido por los pintores sevillanos, haciendo alusión a la infancia de la Virgen, extraído de los Santos Evangelios. El lienzo, me transmite la realidad cotidiana, de una madre, que ha abandonado las labores de costura, para enseñar a su hija a leer. Este cuadro perteneció a Isabel de Farnesio, gran coleccionista de la obra de Murillo. SAN BERNARDO Y LA VIRGEN; Murillo, alterna los cuadros de figuras aisladas, con lienzos ambiciosos como éste. La Virgen, se aparece a San Bernardo para ofrecerle su leche, como premio a su defensa mariana.
Observo, como el lienzo, se organiza sobre una diagonal, que lo divide claramente en dos ámbitos; uno celestial, formado por la Virgen con el Niño, y el cortejo de numerosos ángeles, y otro que conforma la celda del monje con su mesa, el libro abierto, la jarra de azucenas y la librería. En primer término, Murillo aprovecha para introducir, un hermoso bodegón de libros. Sigo avanzando, y contemplo LA VIRGEN DEL ROSARIO CON EL NIÑO. La Virgen, está sentada en una escalera de mármol, ante un fondo oscuro, arrimándose tiernamente a su hijo semidesnudo. Me emociona, la encantadora manera, en que la Virgen abraza al Niño, y en el detalle del rosario, que se desliza entre ambos.
LA ANUNCIACION, forma parte, de un tipo de escenas, llenas de un dulce misterio. Es una representación de la Anunciación, con todos los elementos característicos. La Virgen, está leyendo las Sagradas Escrituras; en un momento de descanso de sus tareas domésticas, como atestigua el cesto de labor del primer plano, cuando es sorprendida por el arcángel San Gabriel, que le da, la buena nueva. Observo, como el pintor, en la improvisada mesa de lectura, ha colocado, un delicado bodegón de vidrio con lirios; símbolo mariano, de la pureza y de la inocencia, desde la Edad Media.
El cuadro de EL BUEN PASTOR. Murillo, representa en este lienzo, al Niño Jesús como un pastor, que sujeta un cayado en la mano derecha, y apoya la izquierda en una oveja. En el fondo, bajo un denso cielo grisáceo, se divisa el resto del rebaño. Contemplando esta ¡grandiosa obra!, viene a mi mente, la parábola de la oveja descarriada, Evangelio de San Mateo; “Si uno tiene cien ovejas, y se le extravía una, ¿no dejará en el monte a las noventa y nueve, e irá en busca de la extraviada? Me llena de gozo, inundando mi alma de sentimientos gratificantes, LA INMACULADA CONCEPCION DEL ESCORIAL. De las numerosas versiones que realizó Murillo de la Inmaculada Concepción, ésta, es una de las más populares. No se conoce bien su origen; se piensa, que pudo ser comprada en Sevilla, por el rey Carlos III, quién la habría incluido, en las colecciones reales del Escorial. Recordando a mi queridísimo padre, que en innumerables ocasiones, cuando acudíamos juntos al Museo del Prado, me decía “Para mí, Murillo es el pintor de la Inmaculada Concepción.
A diferencia de los maestros italianos, que ponían a la Virgen, una túnica azul; nuestro pintor sevillano, viste a la Virgen, con una túnica larga, blanca, y sobre ella, un manto azul… EL SUEÑO DEL PATRICIO. Narra la leyenda de la fundación de la Iglesia de Santa María de las Nieves en Roma. El tema del sueño, que ya había sido tratado anteriormente por Murillo, para pintar al Niño Jesús; se extiende a todos los personajes, desde el perrito que duerme hecho un ovillo, hasta el patricio, vencido por el sueño sobre la mesa, y la mujer, que descansa a sus pies.
Noto los toques impresionistas, de maestría excepcional, en donde Murillo anuncia un estilo pictórico, más avanzado. Sigo contemplando… . EL PATRICIO RELATA SU SUEÑO AL PAPA LIBERIO . LOS NIÑOS DE LA CONCHA . SAN JUANITO Y EL CORDERO . INMACULADA CONCEPCION DE LOS VENERABLES… Me llama la atención las cualidades verdaderamente extraordinarias de MURILLO; son la fecundidad, la flexibilidad y una facilidad incomparable para pintar cualquier cosa.
La técnica de este GENIO DEL ARTE, no ha tenido nunca, pretensión alguna de originalidad. Su manera de pintar, ha evolucionado notablemente, de una época a otra y, progresando incesantemente; una vez llegada a su apogeo, no ha conocido decadencia. D. Enrique Lafuente Ferrari, gran historiador del arte español; nos dejó una obra titulada “BREVE HISTORIA DE LA PINTURA ESPAÑOLA “en ella se puede saborear, unos textos dirigidos a nuestro admirado MURILLO… Queda…Murillo, para un historiador imparcial, como un artista que aparece en el momento justo, para servir a una difusa sensibilidad extensa, no muy exigente pero digna, y que acierta a encarnar en su arte, los tipos que exigía su época. Por ello fue tan popular, y ello fue a la vez su grandeza y su fallo.
Interesa por otra parte, como curioso dechado de esa correlación, que inevitablemente existe entre el lenguaje plástico de un artista y sus contenidos propios, entre sensibilidad y factura, entre mundo sentimental y expresión pictórica. Los valores dulces, graciosos, blandos y sentimentales, a cuyo servicio pone Murillo su arte, tenían que ser traducidos por esa técnica suya, blanda, vaporosa, envolvente, sin durezas ni energías de relieve, de las que no era capaz, con evidente descuido del dibujo, y en muchas ocasiones, con superficialidad innegable de ejecución, y cómodas ligerezas de receta.
Esta facilidad amable, le llevó muchas veces, a ejecutar muchos trazos inferiores, a su propio talento y al nivel, tan alto, de los pocos grandes maestros, que le habían precedido en España. Pero reconociendo que esos defectos existen, indudablemente, en la pintura de Murillo, y admitiendo la escasa simpatía de nuestro tiempo por la dulzona sentimentalidad de algunos de sus cuadros, hay que reconocer también las excelencias.
Una de ellas, la de creador de tipos inolvidables que viene a hacer de Murillo, el Rafael español. Por último, sus cualidades de pintor de luz, de originalidad en el género y de retratista, bastarían para salvar a cualquier otro pintor más cargado de pecados artísticos que el maestro sevillano, cuyo arte, humano y sin complicaciones, conocerá algún día de nuevo, el favor de generaciones futuras…
Mara Gómez Avellaneda