
Manuel Jesús Martínez Fabón
Aquellos tiempos de hadas - 2ª parte
Lo cierto es que, los que vivimos aquellos tiempos de sencillo divertimento, en un ambiente, con frecuencia limitado y hasta represivo, en el que todo estaba mal o era pecado, delictivo, agresivo o lesivo, tal vez por eso, con talante de sumisión, saboreamos más intensamente aquellos instantes vividos, con una profundidad que les dio el carisma de inolvidables. Aunque las nuevas generaciones opinen que son “batallitas de abuelo o romances de la abuela”, con comprensible incomprensión a la sagrada memoria de quienes les precedimos en existencia.
Es un derecho íntimamente divino que nadie puede cuestionar y mucho menos ironizar. El "abuelo o la abuela" sólo desean comprensión y dejar un legado espiritual de sus vivencias y experiencias, con la ilusión de que sirvan de aleccionador mensaje a quienes parecen escucharle.
Y si al mismo tiempo se les devuelve una poca de ternura de la ingente cantidad que ellos derrocharon con nosotros, mejor que mejor. Efectivamente, son batallas que tuvieron que librar contra imponderables de la vida, para conseguir objetivos vitales en el medio hostil que les tocó vivir. Una tecnología que sólo admitía como combustible y comburente su sudor y su sangre, para una única máquina: sus brazos.
Aquellos brazos que tantas veces nos abrazaron, provistos de manos para acariciar. Ojalá los muchachos y muchachas, de éstas y de futuras generaciones, un día puedan evocar escenas y sentimientos, como un tesoro guardado en el rincón más oscuro y precioso de su anímica memoria, levantando un virtual monumento al recuerdo de quienes se sacrificaron para conseguir su estado actual, agradeciendo que sus esfuerzos no fueron vanos.
Es la parte más importante de unas raíces que jamás se deben malograr. En mi niñez y adolescencia escuchaba embobado las historias de mi abuelo o de mi padre, de mi abuela o de mi madre. Pero confieso que, en mi primera juventud, también tuve una actitud prepotente de autosuficiencia parecida de "nueva generación", porque veía muy lejana la vejez. Sin embargo la experiencia me ha enseñado la efímera brevedad de la vida en la que el momento vivencial hay que disfrutarlo; es un regalo y por eso se llama "presente". Pero, teniendo en cuenta tal brevedad, el presente pronto se torna pasado y el futuro, además de incierto, pronto se torna presente y que de allí al pasado hay un corto paso.
El mismo paso, un suspiro, que hay de la juventud, o de la misma niñez, a la ancianidad. Niñez, adolescencia y juventud forman parte una inexorable realidad dual: las tres primeras etapas son hermosas y predomina la magia del ensueño. En el polo opuesto, la horrible vejez, soportable y hermoseada por los recuerdos. Ahora es protagonista la nostalgia. Tal vez a alguien le parezca pesimista, que "son cosas de la edad..." Tengo la impresión de que no hay nada de eso. Simplemente soy realista. En ese depósito memorial están almacenados los éxitos y fracasos, errores y aciertos de toda una vida. Hechos que, inexcusablemente y sin duda alguna, consecuentemente aparecerán un día para que ellos mismos juzguen y valoren, como a nosotros nos califican ahora. Parece obvio que "el juicio particular" comienza antes de la agonía, predecesora de la muerte física.
Es la magia de las hadas, trazadoras y dadoras del futuro e inmejorables jueces del pasado. Las hadas y los cuentos de hadas. La verdad, es un tema muy polémico y farragoso. A quienes estudiaron o estudian a estos fantasmagóricos y abstractos seres en leyendas, mitológicas, cuentos y tradiciones se les llama, tal vez por denominarlos de alguna forma, "cabalistas". No olvidemos que en los cuentos, leyendas, mitologías y tradiciones siempre hay un poso de realidad esotérica que "hay que saber desencriptar". Las hadas, al igual que otros seres misteriosos, como duendes, gnomos, enanos, elfos, náyades, ondinas, nereidas y sirenas, ninfas, silfos, sílfides, genios, salamandras, faunos y sátiros, los nórdicos trolls..., viven en los cuatro elementos: tierra (verbigracia, gnomos y genios), aire (silfos y sílfides), agua (por ejemplo náyades, nereidas y ninfas) y fuego (salamandras) (1). Por esta causa los alquimistas y cabalistas les llaman "elementales" o "esenciales".
Seres Elementales de la Naturaleza. Conforman intramundos, inframundos o mundos paralelos, según el juicio del estudioso que los catalogue. Muchos de ellos tan minúsculos que son difíciles de percibir por el ojo humano. También los hay invisibles, espirituales. En algunas regiones españolas, sobre todo en la cornisa cantábrica (guardiana de ancestrales culturas, tradiciones y leyendas que se salvaron de las sucesivas invasiones), hay unos seres enigmáticos que, con nombres diferentes, como los banshees, equivalen a la morfología y propiedades de algunos nombrados en el párrafo anterior.
Asimismo diferentes naciones, regiones o pueblos, tienen sus propios seres increíbles, tradicionales y legendarios que, con desigual denominación, son similares o equivalentes. La creencia en los duendes y hadas fue casi un atributo universal de la cultura popular primitiva. Una creencia tradicional que, venciendo el tiempo–espacio, ha perdurado, de alguna manera y en variadas formas, hasta nosotros. En la antigua literatura griega, las sirenas de la Odisea de Homero son seres con poderes mágicos, y varios de los héroes de su Iliada tienen amantes que son ninfas.
Los gandharvas de la poesía sánscrita, eran duendes y hadas; igual que los hathors, o genios femeninos del antiguo Egipto que aparecían en el momento del nacimiento de un niño y predecían su futuro (hadas). Si filosofías y "libros sagrados" de ancestrales religiones nos hablan de ellos, ¿por qué hemos de dar menos crédito a su existencia que a la realidad de los ángeles y demonios de las religiones judeo–cristianas?. ¿Sólo porque alguna de ellas los catalogó como "tabú", denostándolos y ridiculizándolos?. ¿Cuántas personas privilegiadas han visto alguno de esos seres angelicales o demoniacos?. Es imaginable que la frecuencia de avistamientos sea la misma para unos y otros. Un aforismo de Albert Einstein: "Que una cosa no se vea, no quiere decir que no exista". En Europa tuvieron preponderancia, con una especial casuística, durante la Edad Media. El primer testimonio escrito de cuentos fantásticos no aparece en Europa hasta el siglo XVI, con la obra de Giovan Francesco Straparola "Noches agradables" (1550). Pero es Charles Perrault con "Cuento de mamá Oca" quien despierta gran interés por estos temas.
Las traducciones de "Las mil y una noches" ayudaron al desarrollo de este género literario. El triunfo llegó con el romanticismo, de la mano de los hermanos Grimm, que realizaron una recopilación y estudio de cuentos de hadas de la tradición europea en "Cuentos para niños y familias". Hoffmann, Andersen, Collodi, Bécquer o Fernán Caballero cultivaron este tipo de narración. En el siglo XX se realizaron estudios sobre estos cuentos, entre los que destaca el español Antonio Rodríguez Almodóvar que en "Los cuentos maravillosos españoles" (1982) analiza los temas, periodos y autores del género en España.
Los gnomos y enanos (considerados estos últimos, por algunos estudiosos, como una variedad de los primeros), tienen mucho que ver con la minería y la salvaguarda de tesoros naturales. Pues bien, si nos percatamos, los pequeños personajes del popular cuento "Blanca Nieves y los siete enanitos", son una recreación de los habitantes de uno de los mundos paralelos comentados. También el número 7, la heptada piagórica, tiene mucho significado trascendente.