Manuel Jesús Martínez Fabón

Aquellos tiempos de hadas - 1ª parte

Tócanme hoy las ninfas de la inspiración la vena nostálgica y romántica. 

¡Cuántos recuerdos...! Emotivos, placenteros, agradables, menos agradables y desagradables. ¡Cuántas personas desfilan por la ahora nítida pantalla de la mente, con una claridad asombrosa, inmersas en entrañables escenas...!

 Seres que abandonaron esta controvertida existencia hace décadas, años, pocos meses... También quienes, ¡como no!, están aún entre nosotros, rememorando una juventud pasada con una permanente juventud vital. Ahora pienso que los recuerdos emotivos y placenteros más arraigados en el corazón y en la mente, son los revestidos de sencillez y simpleza, de candor y ternura. 

Memoria de tres etapas en la vida del ser humano que, cual robustas columnas, sostienen y conforman las posteriores personalidades que albergará el espíritu en evolución y que, indefectiblemente, va ligado al cuerpo físico. Recuerdos de la niñez en los que aparecen los padres (con su férrea rectitud), los abuelos (con su cariñosa condescendencia y permisividad), los amigos de travesuras infantiles... Las aventuras de la adolescencia, época feliz en la que "el futuro" no preocupa en absoluto; futuro a veces deseado que parece inalcanzable... Entre estas dos etapas, el ser humano, se convierte en sacrálico pontífice y establece un nexo de unión entre el pasado y el futuro más cercano. Acuden a la cita los recuerdos de la adolescencia y de la primera juventud.

 En esas etapas felices de existencia que añoramos y que, para nuestro pesar sempiterno no volverán, hay unos recuerdos imborrables. En la etapa de la adolescencia, cuando dejamos de odiar y menospreciar a "las chicas" y las chicas dejan de temer a los chicos para mirarles tímida, fugaz y subrepticiamente, como paso previo a aquel primer amor que será vitalicio. Primer amor en el que acaso tuvo que ver una determinada flor o un preciso lugar.

 Primer amor que felizmente, en algún caso, las hadas y hados de la fortuna hicieron que fuese único y definitivo. Una primera experiencia sentimental de inusitada raigambre que posiblemente un día reaparecerá como un duendecillo juguetón del pasado, tal vez con fuerza insospechada. Aquella época en la que ellos no tienen noción del ridículo y ellas, con una más temprana madurez, sonríen divertidas ante determinadas situaciones creadas. Porque ahora son ellas "las que mandan"... Claro está que hablo de mi generación y de las posteriores más inmediatas. 

Soy consciente de que, con el paso del tiempo, para bien o para mal, todo ha cambiado como "de lo blanco a lo negro". Y es natural, justo y necesario. El ser humano debe avanzar en su evolución espiritual y material. La bondad del avance depende de la dirección en que se mueva y cómo se mueva. A partir de aquí ya no se puede hablar de aventuras sino de venturas y desventuras. Sea como fuere, en este periodo de crecimiento esencial para el futuro, en la adolescencia, algo fundamental aparece y cambia en el metabolismo. Unas misteriosas corrientes eléctricas recorren todo el ser. Corrientes que, nacidas en el alma, convulsionan el espíritu y producen todo tipo de cambios hormonales en el cuerpo físico. 

Es la llamada, el grito de la Naturaleza. Un grito que el entorno sociocultural pretendió ahogar blasfemando inconscientemente contra los designios del Creador. Una cosa es dirigir y aconsejar y otra muy distinta coartar y entorpecer, creando traumas y complejos, a veces depresivos, que perdurarán siempre y cuyo resultado final puede ser deformar en lugar de formar. La palabra absurdo es la única que se me ocurre. Pero, ¿hay algo coherente en esta vida?  "... los sueños sueños son..."   Dicen que cuando el ser humano empieza a vivir de recuerdos, es un ser caduco y sin futuro.

 No estoy de acuerdo. ¿Y si, por un mágico encantamiento, el pretérito se torna futuro? Precisamente, esos recuerdos, le insuflan fuerzas, ansias y motivaciones por las que seguir viviendo y, en momentos de emotiva y acusada nostalgia, le hacen sonreír y a un tiempo derramar alguna furtiva lágrima. "¡Qué tiempos...!" ¡Ay de aquel o de aquella que, en un momento crucial de su existencia, no pueda evocar imágenes emotivas...! ¿Quién no se ha hecho ocasionalmente esta pregunta: “¿Qué hubiera pasado si...?”. En definitiva, ¿qué hubiera pasado si la magia de las hadas y hados hubieran determinado un futuro diferente?. Porque éste era uno de los poderes de las hadas: predecir y trazar el futuro de los humanos.Si, amigos míos, fueron tiempos, o son tiempos, en los que la fantasía y la ilusión se confunden, se conjugan y se dan la mano.

 Son tiempos pretéritos que siempre están presentes. Épocas en las que, en cierto modo, el futuro no existe o es un mañana inconcreto e inmediato. Épocas en las que todos creemos en las “hadas” y en los “hados” de la ensoñada e inmediata fortuna... Aquellos tiempos en los que los chicos leíamos tebeos de El Guerrero del Antifaz, de El Jabato, de Roberto Alcanzar y Pedrín y tantos otros de interminable listado y cuyas portadas descansan hoy en la memoria cerebral o en los archivos virtuales del ordenador... En nuestras fantasías de niños o adolescentes, incluso juveniles, hacíamos realidad estos personajes y, además, queríamos emular su quijotesco talante en misiones y aventuras de ayuda a la mujer amada o al débil, en una pertinaz lucha contra el malo de turno. Todos llevamos dentro algo, o mucho, del hidalgo

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